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La sala de espera. Maleni Cervantes

Ese día no se distinguía de ningún otro. La rutina se respiraba en el aire. Las paredes eran asombrosamente iguales, todas pintadas de color beige. Uno que otro cuadro por encima de las sillas para asistentes. Cuadros con fotografías a blanco y negro que nos transportaban a lo que figuraban los inicios de la ciudad. Al centro, una mesita de cristal con un montón de revistas de diversos temas: moda, medicina, cuidado de la piel, motocicletas. Todas ellas con fechas de tres a cinco años de anterioridad.

Entrar en la sala de espera era un viaje en el tiempo. Vivir en un pasado al que no le prestamos atención. Se trataba de un lugar tipo limbo en el que predominaba el olor a hipoclorito de sodio.

Frente a mí, estaba el escritorio de la secretaria, a ambos lados de este se encontraban dos puertas. Encima de cada una de ellas se podía leer el letrero de adscripción: “Psicólogo Méndez” y “Psiquiatra Hernández”.

Cada consultorio simulaba un calabozo del que se desprendían alaridos de dolor, palabras sin coherencia alguna. Cualquier persona que entrara en esas habitaciones terminaba por perder la poca cordura que le quedaba.

Afuera, todos permanecíamos estáticos. Temíamos dar a conocer los temores que nos aquejaban. No queríamos que nadie se diera cuenta de nuestras debilidades. Unos trataban de controlar sus nervios restregando sus manos desesperadamente mientras mantenían la mirada en alguno de los cuadros de las paredes; otros, golpeaban repetidamente el piso con la punta de sus pies, o deslizaban sus zapatos a lo largo del suelo produciendo un sonido de fricción; yo, por mi parte, miraba de un lugar a otro y prestaba atención a cualquier zumbido, en ese sitio podría avenirse cualquier tipo de desgracia.

En medio de las dos puertas de los consultorios, por encima de la secretaria, había un reloj circular con el segundero de color rojo. Daba una vuelta, después otra y otra más. No se cansaba de girar, de producir sesenta pequeños “clics” por minuto.

De repente, al igual que esos sesenta clics, recordé lo de perdonar a nuestros enemigos setenta veces siete. 490 intentos de perdón para que alguien más me mandara de nuevo a esta sala de espera, con la cabeza cabizbaja y el pulso funcionando por obligación.

Mi cita era en veinte minutos porque a un idiota se le ocurrió que sería buena idea que la gente llegara media hora antes de su turno. A lo mejor era un intento por hacer que la gente leyera toda esa recopilación de revistas viejas que no llamaban la atención ni de las personas que compran papel por kilo.

Hacía una semana que no pisaba este lugar. Frente al espejo, todos los días, di aquello que te gusta de ti. En la baldosa debajo de la mesa de cristal seguía una mancha de café desde hacía más de un mes. Comienza a amarte, de a poco. ¿Por qué si todos los días huele a limpieza extrema quedan los rastros de un pasado imperturbable?

Me aburrí. La tranquilidad sólo se veía trastornada cuando alguien gritaba dentro de los consultorios. De ahí en más, llamadas de teléfono, “sí, para la siguiente semana… tenemos a las once o a las tres de la tarde… No, ese día no vendrá el psicólogo… Déjeme le pregunto”. O el nombrar de los pacientes primero con apellido, después por nombre.

Esa mañana, sin embargo, había algo distinto. En la esquina a mi lado derecho había una máquina. Se escuchaba el gorgorear del agua, al mismo tiempo que despedía breves cantidades de humo con un sutil pero delicioso olor a café. A lado suyo, una columna de vasos de unicel, un recipiente con azúcar y un vaso con cucharas.

Por encima de la cafetera, una hoja color rosa tenía escrito un mensaje: “favor de utilizar únicamente el azúcar que desea, colocar la basura en su lugar”. Tienes que aprender a no engancharte, a dejar ir todo aquello que te lastima. ¿Y si me preparara un café bien cargado? Desde pequeño amaba los sabores amargos. No comprendía cómo había niños que preferían el sabor empalagoso de los dulces o golosinas, el azúcar me producía un asco indescriptible. Escuchar el crujir de las paletas entre los dientes de los mocosos me irrita sobremanera. Lo mismo que el degustar cualquier tipo de alimento que no sea amargo. El chocar de la lengua contra el paladar y los dientes al quitar los rastros de picante en las patatas, ¿asqueroso, no? Haz ejercicios de respiración, tienes que aprender a controlar tu ira.

En la silla a un lado de la cafetera, un hombre gordo me observaba atento. Pareciera enfurecido por el hecho de que yo veía a su fiel amante: aquella productora de cafeína. Trastorno alimenticio. Obesidad. ¿Si tú no te la crees que vales, quién lo hará por ti? El hombre traía una camisa tipo polo color verde oscuro. Pantalones de mezclilla y unos tenis negros con blanco. En su mano derecha un reloj negro que a los cinco minutos comenzó a pitar por una alarma mal seleccionada.

El sonido de dicha alarma era tan agudo que molestaba lo más profundo de mis tímpanos. Sentí cómo mis músculos faciales comenzaron a distorsionarse en cámara lenta. Primero la piel de mis sienes se restiró dando pasó a mis venas saltonas, luego el puente de una ceja a otra comenzó a unirse para fruncirse hasta formar pequeñas arrugas que se trasladaban como grietas a los lados de mi nariz y en conjunto con las de mis mejillas. Mis dientes chocaron los unos con los otros, chillidos inaudibles eran emitidos por su roce. Mis puños se cerraron cual advertencia de ataque animal.

Escribe una carta con todo lo que has callado, pero que te lastima. Saca todo eso que perturba tu interior. Di un golpe en el suelo con mi pie. De repente, todas las miradas estaban sobre mí. No obstante, lo que llamaba mi atención eran las moléculas de polvo que se desprendían de mi zapato por la acción anterior. Cerca de mí había un poco de tierra, más lejos el rastro de lodo previo y, de nuevo me intrigó ese ligero rastro de suciedad en pleno templo levantado a la pulcritud. Al menos ahora tendrían una razón visible que les hiciera notar que hacía falta limpiar.

Un día antes había llovido. Las calles eran simulacros de ríos, se inundaron las zonas que anteriormente eran el desemboque de las tormentas. Por mi casa, la basura y unas construcciones provocaron ciertas estancaciones de lodo. Pasar sobre ellas producía sonidos curiosos a mis oídos. El ruido del agua y la tierra al ser chapoteados por alguien ajeno a ellos. He ahí la razón de la tierra en mis zapatos. Trata de hacer un listado con planes a corto plazo. Planes que puedas cumplir y te ayuden a sentir mejor. Luego de lo sucedido, pensé que quizá hubiera sido bueno haberlos limpiado antes de venir a ensuciar las baldosas de colores brillantes.

Me levanté y me dirigí con la amada del gordo. Tomé un vaso y me serví un café. Ignoré las miradas de todos a mi alrededor. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Faltaban diez minutos para pasar al consultorio.

Una gota de sudor recorrió desde la frente hasta mi cuello. Fue en ese instante en el que me di cuenta de algo, ya no un dato innecesario sobre la sala de espera, sino de mí mismo. Me observé con atención. No recordaba tener una camisa tinta con tantos botones. Un pantalón de vestir negro y tenis rojos. La ropa que traía puesta me daba el toque de ser un godín en tiempo libre. Emití una breve carcajada ante semejante pensamiento.

Bebí el café sin importar el dolor que provocaba al pasar por mi garganta. Lo sentí tan refrescante que podría haber tomado al menos dos litros de ese líquido hirviendo en un instante. Aunque, en mi mente arribó un pensamiento. En una publicación de Facebook una de mis contactos decía que era recomendable beber cuatro vasos de agua por cada taza de café ingerida, esto para cuidar la piel.

Desesperado ante los cinco minutos de espera que me quedaban, me acerqué con la secretaria. Actué muy bien mi papel y me comporté como cada uno de los tipos en ese lugar.

“¿Usted cree que mi piel está descuidada? Últimamente me salen varias imperfecciones, pero pese a ello, creo que me veo bien, ¿usted qué opina?”, cuestioné a la chica. Ella respondió con un rostro distorsionado por el miedo, no sabía el por qué. Decidí ignorarlo como cada cosa en esa sala. Vi hacia donde estaba sentado. Arriba de mi silla había una gran ventana que daba vista a un edificio enorme de oficinas de comercio. Pero, bueno, regresando a la ventana, me di cuenta de que carecía de vidrio, ¡eso explicaba las corrientes de aire helado que estremecían mi cuero cabelludo!

Estábamos en un sexto piso. En contacto directo con el vacío que podría provocar una caída completamente peligrosa para un mortal. Tienes que aprender a controlar tus impulsos. Me dirigí a la ventana y asomé la cabeza por esta.

La alarma en mi teléfono me regresó a la realidad. Era hora de mi cita. Di la vuelta y antes de que pudiese dar un paso hacia el consultorio me encontré de frente con dos hombres altos observándome con atención.

Desperté de mi evasión de la realidad. A mi alrededor, no había silencio ni quietud. Gritos de horror y llanto de desesperación cubrían la atmósfera. Los sonidos de una sirena me alertaban de que algo muy horrible había pasado.

Las personas se acumulaban alrededor del edificio como hormigas ante un trozo de dulce abandonado en la acera bajo el sol. Cámaras tomando fotos, celulares grabando en directo, vecinas cuchicheando entre sí. Sonidos e imágenes que se fusionaron en el bullicio constante cual representación de un cuadro de Domenico Gargiulo, específicamente en su mercado de Nápoles.

Pero bueno, eso pasó a un plano secundario, cuando me di cuenta de que mi camisa tinta, realmente había sido blanca. El piso no tenía manchas de café, ni las paredes estaban intactas, era el color de la sangre seca y chispas de esta por doquier. Mi vuelta de ese mundo pasado había comenzado con la revista de cuidados de la piel sobre mis manos, lo recordé todo. Una vieja película a blanco y negro se transmitió en mi cabeza a una velocidad considerable. En cuestión de segundos reviví lo ocurrido por minutos. Aunque, ¿realmente cómo podemos estar seguros del tiempo si es algo que no se puede tocar? Sustantivo abstracto que trata de darle sentido a la vida del hombre, cuando dicho significado nunca ha existido realmente.

Las seis en punto, hacía media hora que debía entrar a mi consulta. No obstante, no quedaba nadie vivo a mi alrededor, o quizá los había asesinado hacía seis años, cuando el gordo voló por la ventana, la secretaria cayó al suelo con un vidrio enterrado en la yugular y el psiquiatra se retorcía entre quemaduras de tercer grado. Recuerdos entre reales e imaginarios. Precisos y deformes.

¿Sorpresa? No. ¿Destino? Tal vez. ¿Futuro? En el pabellón psiquiátrico de la prisión.

Un trago más (Maleni Cervantes)

 

Créditos de imagen: Pixabay

La claridad del día dio paso a la oscuridad de la noche. Una tarde antes se había prometido no beber más de una copa de vino o dos cervezas. No obstante, ese día los planes cambiaron al igual que la sensación de querer adormecer cualquier recuerdo que atormentaba su mente. Hacía un mes que no la veía. La decisión no fue suya, sino de ella. No hubo una despedida, sólo el vacío provocado por su ausencia. Ya nada le parecía lo mismo. Ni el café de la mañana con su característico olor a grano tostado, ni su acostumbrado té con sabor a limón al recostarse. Esa mañana se había despertado como de costumbre, quince minutos antes de las seis. Tomó una ducha y cepilló sus dientes, revisó que todo estuviera en su lugar y que no faltara nada en su maletín. Posterior, subió en su carro y condució hacia la oficina. En la radio sonaban las noticias. Un fallecido, el aumento en los productos de la canasta básica, tres desaparecidos, la reina de belleza y su novio en Cancún, un político que discutió con otro por una nimiedad. Nada de eso le llamaba la atención, nunca le había interesado lo que pasara a su alrededor. Cambió de estación, en sus bocinas comenzó a resonar una melodía que conocía bien, la que fue testigo del comienzo de su historia, los ecos de su sonrisa le taladraron el pensamiento una y otra vez. Una pregunta surgió de repente: ¿qué habría sido de ella? El resto de la mañana transcurrió entre un mar de papeles y formatos por llenar, uno que otro oficio y correos sin sentido. Al principio de su juventud creyó que ese trabajo sería lo mejor que le pudiera pasar, un sueño hecho realidad; no obstante, ahora no pasaba de hacer todo por rutina con la amargura que se apoderaba de su pecho sofocandola una vez más. Su jefe le comentó que podría retirarse en cuanto terminara un expediente para el ingeniero x. Ella, en cambio, no quería irse, ¿a dónde?, ¿para qué? Afuera de esas paredes no tenía nada más que un apartamento nostálgico que le hablaría desde las entrañas de un viejo televisor que le haría compañía. Eso no le era muy motivador, sólo una señal más de que su vida carecía de sentido. Terminó el trabajo. De nuevo, en su mente el recuerdo de la canción y la sonrisa de su chica, aquella que se esfumó en un abrir y cerrar de ojos. Sintió el pecho oprimido y una punzada en la sien. Se despidió de su jefe y se dirigió al estacionamiento. Al llegar, le pareció una buena idea llamarle a su mejor amiga para invitarla a beber un trago. Ella aceptó, así que, al menos ese día no tendría que lidiar con la soledad. Al dirigirse al bar de costumbre, se percató de que llegaría una hora antes de lo acordado. Por un momento, pensó en dar una vuelta y regresar, pero después de reconsiderarlo concluyó que hacía demasiado tiempo que no se regalaba un momento a solas haciendo algo que realmente disfrutara. Estacionó su vehículo y bajó de él. Acomodó su falda y el cuello de su camisa. Entró al bar, tomó asiento y pidió una copa de vino tinto. En algún lugar había escuchado que este vino en comparación con otros poseía cierto espesor que provocaba distintas sensaciones en la boca como la astringencia y la rugosidad. Un trago. Una lengua extasiada al chocar con el paladar al disfrutar de aquel líquido. Los cabellos de su chica rozando su rostro al contacto del primer beso. Otro trago precedido por el olfatear de su nariz en la copa. La promesa de un para siempre encubierta en un ramo de rosas. Otro trago, una pluma que se desplazaría precisa sobre una servilleta de papel. ¿Qué quería escribir exactamente? ¿Una carta? ¿Una nota suicida? ¿O los pendientes que habría de realizar a la mañana siguiente? A lo mejor, las palabras que se guardaban en su garganta a la espera de una lágrima. ¿Cuántas veces había escuchado su nombre en boca de cientos de desconocidos? Le parecía algo surrealista, incomprensible. Ellos no sabían lo que para ella significaban aquellas letras que en combinación le daban figura a una de las mujeres más hermosas que había conocido. El dulzor y la intensidad del color del vino se entrelazaron con sus sentidos. La ahogaron y sumergieron mar adentro de su conciencia. Un trago más y una palabra desembocaría en otra y otra más. Cadenas rotas de silencios y verdades. Había callado tanto que la inmensidad de las palabras le parecía efímera, aunque constante. Recibió una llamada. Era su amiga, no podría presentarse. Ya no le importó, en ese momento sólo existía ella, una copa de vino y la peripecia que se trasladaba entre el subconsciente y la realidad. Pagó la cuenta. Tomó la carretera sin rumbo fijo. El montón de servilletas estaban aprisionadas en su bolso, gritaban, anhelaban ser escuchadas. Pero, ella era la única que era capaz de comprenderlas. Ignoró las voces que provenían de ellas. Subió el volumen de la radio y cantó lo más fuerte que pudo canciones que antes le eran desconocidas. Arribó en una gasolinera. Llenó el tanque. Compró una cajetilla de cigarros y una botella de ron. Retomó su camino, pisó a fondo el acelerador, entre más pronto llegara sería mejor. Recordaba los paisajes en las películas. Árboles frondosos a lo largo de la carretera. Asfalto liso, sin baches o abolladuras. Pintura amarilla resplandeciente al centro del camino, color blanco a las orillas. Señalamientos precisos que indican curvas y demás. Sin embargo, todo era completamente distinto. La carretera estaba en pésimas condiciones, la vegetación estaba seca con ciertas partes incineradas. Los señalamientos grafiteados, otros caídos. Todo el ambiente se veía tan lúgubre y solitario que la melancolía que traía consigo se convirtió en la desesperación más desconcertante que había experimentado. Las horas pasaban, y ella siguió vagando. Letreros y más letreros de pueblos y retornos. Luces que la encandilaban. En su cabeza el eco de una palabra: encontrarla. Bebió un trago de la botella. Encendió un cigarrillo, le dio tres caladas y lo arrojó por la ventanilla. Lo sabía, todo carecía de sentido. La luna estaba en lo más alto del cielo, en la cumbre de la oscuridad. El viento silbaba. Ella estaba perdida. Estacionó en una gasolinera. Preguntó por un hotel. Al llegar a este alquiló una habitación. Como pudo llegó a su cuarto, se desvistió y se arrojó a la cama. Todo le daba vueltas, el tiempo pasaba demasiado rápido para su gusto. Su cabeza le dolía a más no poder y su estómago denotaba cierto ardor por acidez estomacal. En esos instantes concluyó que su mundo no tardaba en desmoronarse. Por un segundo todo le pareció estar en silencio. Una tranquilidad absoluta en la que ni siquiera sus pensamientos se hacían presentes. El peso del alcohol hizo efecto, sus ojos se cerraron y ella se perdió en un sueño. Al poco tiempo su celular comenzó a sonar, era su alarma. Esa mañana tendría una junta importante con un ejecutivo que invertiría en la empresa para la cual trabajaba. Abrió los ojos, fijar la vista en un solo lugar le parecía una misión imposible. Era normal, el efecto de la migraña. Se levantó a buscar su teléfono, lo apagó y se dispuso a regresar a la cama. No obstante, antes notó la silueta de una mujer que estaba a lado suyo. La observó en silenció, ¿quién sería esa desconocida que reposaba en su cama tan tranquila? Al acercarse, percibió que se trataba de ella. El corazón le dio un brinco, no supo si se trataba del efecto de la sorpresa o la angustia que le proporcionaba aquella escena. Era su imaginación, tenía que ser su imaginación, no debió de haber bebido más de una copa o dos cervezas, ella lo sabía. La mujer se removió en la cama, estiró los brazos y abrió poco a poco sus ojos, lanzó un suspiró y después susurró: “amor, ¿qué haces ahí parada? Acuéstate a descansar, tienes días que prácticamente no has dormido nada, a la larga eso te hará daño”. La voz, esa voz sonaba tan real para ser la alucinación de una borrachera. Caminó a la cama, se recostó, cerró los ojos con fuerza y después se arropó con las sábanas. “No puede ser real, no es real, no es real, ella no está aquí”, pensaba. Al tranquilizarse un poco concilió el sueño. Era tan relajante sentir el respirar pausado de su chica en la nuca. La fragancia de su pasta dental de menta sobre su cuello. Respirar el olor a moras de su cuerpo. No existía terapia más efectiva para el estrés que ella, el amor de su vida. La luz del sol entró por la ventana que se encontraba entreabierta. Buscaba su camino directo al rostro de la chica que seguía dormida ahora en posición fetal abrazando una de las almohadas que tenía entre las piernas. A su alrededor, todo cobró color. Las paredes del cuarto aparecieron de un naranja brillante y un blanco resplandeciente. Las sábanas de la cama de un color beige hicieron contraste con el café de la alfombra y de los muebles de pino. El sonido de los pájaros se hizo presente en combinación con el sonar de los motores de los carros que estaban a punto de arrancar hacia diferentes direcciones conforme a los oficios de sus dueños. Ella abrió los ojos. Los talló con las palmas de sus manos. Estaba tranquila, aunque en el fondo la incertidumbre del futuro le carcomía las entrañas. Lo sabía, la falta en la junta de ese día le costaría el trabajo, con que no le afectara en su experiencia laboral. De repente, recordó el sueño que había tenido una noche antes. Dio un brinco y salió de la cama. A su lado no había nadie, sólo la almohada que había estado abrazando durante toda la noche. Pequeñas gotas de sudor recorrieron su cuello, estaba desconcertada y deprimida, ojalá y hubiera sido realidad. Con una mirada recorrió toda la habitación. En el sillón cerca de la cama no estaba su ropa, tampoco en el suelo. Buscó la puerta del baño, pero tampoco había baño. Le pareció extraño que en lo que parecía un hotel tan lujoso no hubiera una televisión ni ningún tipo de adorno. Caminó a la ventana. Fuera había un jardín por donde caminaban varias personas. Sin embargo, ninguna de ellas le llamó la atención, debían de ser los empleados porque iban uniformados con ropas de un color azul cielo muy lindo. De nuevo, se dispuso a encontrar su teléfono celular y su ropa, tenían que estar debajo de la cama o entre las sábanas destendidas. Nada. Su ropa no estaba en la cama. Sus cosas no estaban debajo de esta. La frustración le subió al rostro que se tornó rojizo. ¿Dónde las había dejado? Suspiró. Trató de guardar la calma para disponerse de nuevo a buscar su celular y así llamarle a alguien que fuese a buscarla. De repente, alguien tocó a su habitación y abrió la puerta. Era una chica vestida con uno de esos trajes azules. Le pareció una falta de respeto que se introdujera en su cuarto de esa manera. Pero, bueno, al menos podría preguntarle si de casualidad ella había entrado en su habitación por la noche llevándose su ropa para lavarla o algo por el estilo. Estaba a punto de hablar, cuando la chica le sonrió y le entregó dos pastillas. Una de color azul y otra verde. La observó y le preguntó qué eran aquellos medicamentos. Sólo había bebido un poco la noche anterior, y ahora no entendía nada. Preguntó por su ropa, por el teléfono, por la ubicación en la que se encontraba. La chica le sonrió de nuevo, dio un paso hacia ella y le dio un beso en la mejilla. Le sujetó una de sus manos y le entregó las pastillas. “Toma tu medicamento, por favor, hoy vendré por ti al mediodía, quiero llevarte a un lugar especial”, le dijo antes de cerrar la puerta de la habitación. Posterior, debajo de la puerta le arrojó un periódico para que lo leyera. Lo levantó del suelo, le echó una mirada al título y a la imagen. Lo comprendió todo. Ella lo sabía, no debió de haber bebido tanto esa noche, mucho menos conducir por caminos que le eran desconocidos. Se sentó en la orilla de la cama y continuó leyendo. A su mente llegaron miles de imágenes de aquel día, el accidente, el despertar en el hospital, su aparente pérdida de memoria y sus constantes alucinaciones. Bajó la mirada. Su ropa blanca estaba un poco arrugada. Tendría que arreglarse para salir con la enfermera. Apretó con fuerza las pastillas que tenía en su mano, buscó la botella de agua debajo de la cama, seguido de esto se las tomó. Esa noche sí había estado alguien en su habitación, la sombra de su cordura, el reflejo de quién había sido, el alma que más la había amado. Lloró en silencio, y como nunca antes le había sucedido, añoró el calor de un sorbo de tequila para ahogar el sufrimiento.

Transbordo (Dimitri Ives)

 

Créditos de imagen: Pixabay

Un cristal lo separaba del mundo real, del universo en movimiento. No recordaba la primera vez que había colocado su cabeza en un trozo de vidrio. Pero sí estaba seguro de la primera vez que había soñado mientras recargaba su cabeza en el cristal. Era como si se hubiese desconectado de la realidad para imaginar posibilidades infinitas de lo que pudiera ser, pero que jamás sería.
A través de esa barrera transparente y nítida asimilaba un montón de imágenes que siempre eran iguales, o al menos, parecidas. Un árbol a punto de derrumbarse ya fuera por plaga, sequía o incendio. Un poste de luz tan inclinado que simulara estar a punto de recostarse sobre el asfalto de la calle. La tienda de fulanito con una fachada repleta de grafitis sin sentido. La señora regordeta de cabello negro lacio en la parada del camión con un rostro de pocos amigos. El perrito callejero que se escondía entre los huecos de la barda de la unidad deportiva.
Días repletos de luz, infiernos calurosos en los que la gente sudaba y desprendía un olor agrio y molesto. Otros, a media luz con nubes cubriendo el cielo, mientras la gente andaba con un paraguas en mano y una chaqueta en la otra. Olores a perfume e incienso, comida y desagüe, humo y flores; mas, adentro de aquel cristal sólo existía el hedor a desconocidos, un hedor penetrante a mugre y trabajo, menstruación y orina, desodorante barato y sudor con aceite. Fragancias que, sin quererlo, lo unían con otros, lo hacían parte de su realidad.
Esa mañana había salido con dirección a un barrio desconocido para él. Subió en un camión color rojo y con asientos grises. Caminó hasta el fondo y tomó asiento junto a la ventana. En sus manos tenía el teléfono celular, abrió una aplicación y colocó la alarma de notificación de parada.
No sabía a dónde se dirigía, eso era cierto. Sin embargo, en el fondo era un camino que siempre tuvo la ilusión de recorrer solo. Acompañado únicamente de la música que resonaba en sus oídos, primero una melodía tranquila y melancólica, para después finalizar con un ritmo rudo y acelerado.
Conforme recorría las calles pensaba en las veces que había hecho recorridos similares. Trataba de reflexionar, sentir todo lo que le rodeaba, pero había tantos momentos que lo único que le recordaban eran sus ganas de huir, querer escapar de la enajenación.
En su pecho sentía un hueco que lo consumía. De nuevo se estaba aferrando a la angustia. No estaba seguro de qué pasaría después, quería que ella no se fuera de su lado. La incertidumbre le hacía cuestionarse si ella todavía deseaba saber de él, o si simplemente se iría como todas las personas a las que había querido en su vida.
Su pie comenzaba a denotar esa ansiedad. Golpecitos contra el suelo del camión. Los dedos de sus manos tamborileando en la mezclilla de su pantalón. La respiración acelerada. Ardor en el estómago. Grandes suspiros. Ojos cristalinos a punto de inundar sus mejillas. Pensamientos por aquí y más allá. Trataba de convencerse de que las flores no crecerían más. El café al despertar ya no lo embriagaba como antes. Ella pasaría a ser parte de los sueños inconclusos en los que el rostro se va a desdibujando hasta perder forma y contorno, sería la sombra mal trazada al pronunciar su nombre.
Él tendría que aprender a ver a través de la ventana sin buscar su reflejo, sin esperar encontrarla al final del viaje. Ella se convertiría en el recuerdo que lo atormentaría por los siguientes meses. Él se daría por vencido, se desvanecería entre palabras no dichas y botellas de alcohol vacías.
¿Para qué albergar ilusiones o sueños donde solo quedaba oscuridad? Ya no se trataba de luchar, de querer volver y sujetar. Era momento de lanzarse al vacío, caer en cuenta de que ningún sueño se hacía realidad.
¿Y que hablar de perder? No se podía perder aquello que nunca se tuvo. Esto aplicaba para ella y su sonrisa. Lo mismo para sus sueños y perspectivas de vida.
Ya no quedaba nada más. El viaje estaba llegando a su final. Los ecos eran eso, palabras en el viento que nunca se atraparán. Palabras del pasado perdidas en el viento.

Saltar un perro, saltar al precipicio (David Trozos)

 

Créditos de imagen: Pixabay

 
Esa mañana me desperté más temprano que de costumbre. Un día antes se me había ocurrido la idea de salir a caminar a los alrededores de mi casa. Una serie de caminos pedregosos y solitarios me rodeaban. Brechas de tierra suelta, cercas de alambre de púas y una que otra araña juguetona en el pastizal. Ese día el sol se encargaría de quemar cada parte de mi ser, centímetro a centímetro, así como las moléculas de polvo cubrían mis pies con cada paso torpe que las invocaba cuales torbellinos. Llevaba conmigo únicamente una mochila negra. Dentro de esta cargaba con una botella de agua y otra de tequila, un lonche de jamón, mi libro favorito y una cajetilla de cigarros. Sin embargo, en mi mente el pensamiento de que había olvidado algo importante se repetía constantemente. ¿Se trataba de un augurio?, ¿un presentimiento?, ¿o de la ansiedad que me consumía? Luego de caminar por una hora, me topé con un árbol de mezquite tan enorme que proyectaba una sombra acogedora. Me acerqué hasta llegar debajo de él, elegí el lugar más apropiado y me senté. Coloqué a un lado mi mochila y saqué la cajetilla de cigarros. La extrañaba, esa era la única razón por la que caminaba sendero tras sendero. La buscaba en los lugares que sabía que no podría encontrarla. Fumar ya no era un placer, sino la rutina que había heredado de mi relación con ella. Primero era un cigarrillo, ahora es una cajetilla por día. Un cigarro al despertar, sobre la cama las cenizas manchan la almohada. Otro después de desayunar, humo que ahoga la cocina. Uno más en el transcurso al trabajo, quemadura en el labio inferior. Este día, la mañana sería un obsequio de mí para mí. Necesitaba despejar la mente. Ponerla en blanco. Recordar quién era y qué era lo que quería apenas hacía unos cuantos meses. Un árbol, un buen libro y un brindis para olvidar. Mi reloj marcaba las nueve de la mañana en punto. A esa hora, ella estaría llegando a la oficina. En ese instante yo debería de estar firmando un contrato para el trabajo de mis sueños. En cambio, mi corazón y mente me trajeron a un lugar alejado, a renunciar a todo y a querer seguir sin nada. Ella se fue sin dejar explicación, pero ya lo esperaba. Todo era tan similar a leer un libro: lo abres, te encariñas con él, aunque al final sabes que habrá de terminar en algún momento. Ya no tengo que mirar atrás. Los pasos que doy van más allá de lo que puedo esperar de los vagos recuerdos e ilusiones. Frente a mí, observé que todo el camino estaba repleto de cascajo. A lo mejor y pronto habrían de pavimentar el lugar. O, tal vez, el proyecto quedaría incompleto, como esas historias que nunca se terminan de escribir. Las piedras eran entre grisáceas y negras. Además, había uno que otro fragmento de cantera rosada. No obstante, más allá de esto no se podía encontrar nada interesante. Este camino era uno de esos rincones olvidados por las personas e incluso por el mismo demonio. El celular comenzó a vibrar. En la pantalla percibí un número “desconocido” que conocía muy bien. Era ella. No me era extraño recibir llamadas suyas en los momentos menos apropiados. Siempre adivinaba lo que pasaba por mi mente. Por mi parte, destapé la botella de tequila y bebí un trago por cada segundo que la pantalla del teléfono se alumbraba con su número. El líquido quemaba toda mi garganta hasta llegar al estómago. Su trayecto se sentía caliente con el sabor a agave que contenía uno que otro toque de madera. Quería responder a su llamada, hacerle saber que aquí estaba para ella. Sin embargo, algo había cambiado cuando dijo que me quería, pero no quería nada de mí. Mi amor para ella era como un chocolate, a ella le encantaba el chocolate, pero sólo lo aceptaba cuando ella lo deseaba, el resto del tiempo fingía odiarlo y prefería las paletas de tamarindo. Encendí otro cigarrillo. La punta transmutó hasta hacerse negra con toques grises y blancos cubriendo lo naranja de la llama. Mis dedos olían a tabaco, mi ropa apestaba a nicotina. Por más que me lavara, mi cuerpo ya tenía un hedor característico, el de la soledad y el vacío. Presté un poco más de atención a mi alrededor, percibí la estridulación de un grillo que estaba cerca mío. Estridente y estridulación, palabras que aprendí en primaria cuando un maestro me regañó por decir que un grillo cantaba cuando ni siquiera cuerdas vocales tenía. Pequeños recuerdos sin sentido y que a nadie le interesan. No obstante, son de esas cosas innecesarias de las cuales no nos podemos desprender ni con el pasar de los años. No me gusta el sonido de los grillos. Es el eco de un timbre que te puede volver loco. Nadie estaría feliz de escuchar ese chillido por más de veinticuatro horas seguidas. Al igual que nadie, por más amigo tuyo que sea, sería capaz de aguantar tu llanto por días seguidos cada que te parten el corazón por las malas decisiones que tomas. Yo siempre me consideré un artista de vocación. Desde pequeño me di cuenta de que poseía una sensibilidad algo elevada en comparación con otros compañeros de mi edad. Amaba el color de las flores, la textura de las rocas, el olor de la comida y el trinar de las aves. Amaba lo que estos pequeños detalles me hacían sentir, lo que provocaban en mí. Pero nunca, nunca me gustó el sonido de los grillos… y, en ocasiones, ella era como un grillo que me sacaba de mis casillas, me frustraba, me molestaba con su indecisión, me lastimaba al entrar desde mis oídos hasta el corazón. Estar sentado a la sombra de un árbol anteriormente podía ser una de las mejores sensaciones. Pero, ahora no paso de lamentarme y pensar en ella. En sus caricias, en su rostro, en su cuerpo. En su piel blanca y las pecas de su rostro. En lo rojizo de sus cabellos. En mi deseo de tenerla y entregarle todo de mí, así como en las novelas románticas del siglo XIX. El cigarrillo se apagó sin siquiera terminarlo. Lo observé. Era mi representación más exacta. Un cigarrillo que todavía tiene mucho por ofrecer, pero que ahora se encuentra apagado y sin la esperanza de que nadie le dé fuego. Vi un perro caminar hacia mí. Se acercó a pasos lentos, cortos, con la mirada fija en la mía. Se trataba de un ejercicio de confianza. Por fin, cuando estuvo cerca mío, me olfateó en un intento de descubrir mis intenciones. Agitó su cola de un lado a otro, se sentía bien en mi compañía, pasé el primer filtro. Acaricié su pelaje. Observé su mirada tierna, de consolación. Encontró en mí al amigo que antes no había descubierto en nadie más. Con su lengua lamió mi mano. Yo le di mi lonche de jamón, a él le haría más provecho que a mí. Recuerdo cuando la miré por primera vez. En esa época yo era un hombre completo, con expectativas y esperanzas. No necesitaba nada más que una cámara, una pluma y un trozo de papel. Un hombre puede ser feliz con tan poco, pero pocas veces se conforma con ello, o al menos no se da cuenta de esto. Ella caminaba por la misma acera que yo. Tenía la mirada fija en su teléfono celular. Nada lograba captar su atención. Su rostro poseía una mueca lastimera, ¿preocupación?, ¿tristeza?, ¿decepción? Era una mujer muy hermosa, lástima que se le veía tan absorta e indiferente a lo que pasaba a su alrededor. Detuve mi caminar. A una distancia prudente pude observar cómo era que ella tropezaba con un brinco que yacía sobre la banqueta. Su celular salió volando hacia la calle y la botella de agua que llevaba en la otra rodó hasta mí. La levanté y me acerqué a ella con el pretexto de entregársela. Su piel blanca se tornó rosada. Sus oídos se veían rojizos. La mueca de su cara, el reflejo de la pena. Le sonreí. “¿Estás bien?”, pregunté cortésmente. Ella asintió. Agarró su botella y checó su celular. Pese a la caída, estaba prácticamente intacto. Sentí su lengua por todo mi rostro. Desperté en ese mismo instante, todo fue un sueño, el de un viejo recuerdo que no habré de recuperar, y que cada vez que lo invocó pierde una parte de sí. El perro me veía atento. Esperaba una respuesta de mi parte. Quería mi atención. Lo abracé y comencé a contarle mis penas. Me sentía como si fuera el cochero del que hablaba Antón Chéjov en su cuento “La tristeza”. Hombre lastimero que busca el consuelo y la escucha de una persona. Sin embargo, la empatía la recibe de un animal que es el único capaz de prestarle su atención y cariño. ¿Hace cuanto mi pecho grita su nombre con dolor?, ¿hace cuánto tiempo no sé cómo deshacerme de la necesidad de verla, tocarla, sentirla?, ¿hace cuánto me perdí tratando de buscarla?, ¿hace cuánto estoy huyendo de ella y de mí?, ¿hace cuánto deseaba que se fuera para irme a su vez? Tomé un trago de tequila. Encendí otro cigarro. Mis pensamientos giraban en torno a dos cosas que ocupaban mi cabeza: el anhelo de encontrarla y el deseo de morir. El primero resultaba más difícil de llevar a cabo que el segundo. No obstante, para el segundo no tenía las agallas. “Trato de adormecer eso que atormenta mi pecho”, le dije al cachorro. Él me miró con esos ojos inocentes que sólo pueden encontrarse en los animales. Se acurrucó cerca mío y fingió dormir. Mi celular se alumbró de nuevo. Era ella. De nuevo. Cuando era un niño, mi padre solía decir que uno nunca debía pasar por encima de un perro porque eso provocaría que uno perdiera su camino. Era un hombre que se sugestionaba fácilmente. Creía en tantos augurios que yo lo juzgaba de loco. Así que, en la rebeldía adolescente llegué a saltar sobre muchos perros. Una y otra vez. Era mi manera de desafiar ese destino imposible de evadir. Mi padre cuando me veía me regañaba, me gritaba un montón de cosas. Era su manera de preocuparse por mí, al menos era lo que decía él. Me tomé el resto del tequila que quedaba en la botella. Encendí otro cigarrillo. Lágrimas caían silenciosas, unas sobre el pelaje de mi nuevo amigo, otras, sobre la tierra en la que me encontraba sentado. La culpa no era de ella. Ni de la casualidad de habermela encontrado. El problema siempre fui yo con mi dependencia y apego emocional que surgían igual de rápido que este vacío que me hace sentir cada vez más miserable. Ese día no tuve miedo. Le pedí su número de teléfono. La invité a salir. Pasados los días tomamos un café juntos. Las noches se convirtieron en un constante intercambio de pensamientos. Hasta que ella decidió, lo eligió a él sobre mí. Aunque la psicóloga dice que no debo tomarlo personal, que no fue sobre mí, sino porque cada quién es diferente y esa diferencia era lo que ella estaba buscando para complementarse. Salté una y otra vez sobre distintas posibilidades. Hice miles y millones de malabares para que ella se fijara en mí. Le entregué de todo. El error fue estar siempre disponible, cuando no se trataba de nosotros, sino de lo que ella necesitaba. Cada que saltaba tratando de sujetarla, me perdía a mí mismo y no me daba cuenta de ello. Un mareo entorpeció mis movimientos. Me levanté como pude. Mi amigo peludo levantó la cabeza hacia mí. Una tonta idea se apoderó de mi mente. ¿Y si lo brincaba como lo hacía con otros perros en mi infancia? Lo salté. El perro me miró asustado, creyó que lo lastimaría. De pronto, corrió a lo largo del sendero hasta que lo perdí de vista, se había escondido. Yo, tambaleante, comencé a caminar sin rumbo. Bajo aquel mezquite dejé mis pertenencias. Ya no quería saber nada de lo que me rodeaba. Esa mañana le haría frente a mi destino. Caminé y caminé. Entre más se acercaba la hora del mediodía, el sol era cada vez más insoportable. Un amigo en el trabajo me había comentado que para una persona que sufre de depresión es recomendable que salga a la luz solar para recibir vitamina D que le ayudará en su producción de dopamina. ¿Verdad? ¡Mentira! Al menos en mi caso. No importaba el sol, el aire o las estrellas. Lo mismo me daba el polvo de esta caminata que el de la ceniza de los cigarros en las sábanas de la cama. Mis ganas de llorar eran cada vez más difíciles de ignorar. Lloraba en la ducha, al acostarme a dormir, al despertar, mientras preparaba la comida, cuando me dirigía al trabajo, al pensar en ella y al escribirle un mensaje, lloraba con la psicóloga y con mis amigos, con desconocidos y familiares. Seguido del llanto llegaban las ganas de tomar. De adormecer mi cuerpo y mis sentidos. Una cerveza siempre me llevaba a otra. Esa otra me llevaba a una más y así hasta que terminaba tirado en el suelo vomitando o a punto de hacerlo. En una fracción de segundo pisé mal una piedra. Me torcí el tobillo y caí. Frente a mí estaba un puente y bajo este un barranco que desembocaba en un río. Me levanté como pude. Me paré sujetado de la barandilla de protección. Salté. Brinqué al vacío, por fin había encontrado el camino de regreso a casa, a la tranquilidad que tanto anhelaba. Quizá salté tantos perros en mi infancia y por eso el destino se había aferrado en hacerme perder el camino cuando me crucé con la mirada de aquella mujer pasajera. Pagué mi rebeldía con mi falta de ganas por vivir. Y, allá, bajo el mezquite, un perro miraba concentrado la pantalla de un teléfono que se alumbró con un mensaje: “te quiero, quiero verte, por favor”.

PASO DE LA MUERTE. Maleni Cervantes

 Cuento al estilo fanfic basado en uno de los cuentos de Juan Rulfo

 

A veces recuerdo a mi tata. Viejillo sabiondo, tenía tanta razón. Los campos no cambian, lo que cambian son los hombres que habitan en ellos. Pos sí, la yerba crece, las milpas también, si se les sabe cuidar. Lo que no va pa lante es el perdón de un hijo sin más.

¿Qué sabía mi padre de los días que ni pal maíz teníamos? Ahí, nos abandonó cual si fuéramos animales cualquieras. Que si en el norte había más futuro, que si luego regresaba. ¡Ni modo, Chato! Lo que se va no vuelve, y si vuelve no se acepta.

Mi abuelo siempre lo decía “trabajando se come y comiendo se vive”. Cosas que ni le entraron por una oreja, ni le salieron por la otra, al viejo que se dice ser mi padre. Ese cabezón era viejo holgazán, ni pa mantener su casa servía. Un buen hombre no se va pal norte, se sujeta bien el cinturón y a labrar se pone. Que, si chiquillos quiere que le cuesten, que como decía doña María “no es padre el que engendra, sino el que cría”. Tons, era de suponerse que padre fue mi tata, hombre con sus pantalones bien puestos.

¿Pos qué crees, Chato? El otro día, el mesmísimo José vino a pedir perdón, que ya ta viejo y necesita que alguien lo cuide. ¡Ni vergüenza tiene el cabrón! Que se vaya por ahí, como le dijo a mi tata cuando éste le preguntó a ónde iba, luego de contarle que su vieja nos dejó: “pos por ahí, padre, por onde usté dice que se fue”.

Lástima que el hombre es tonto o tarugo se hace. Un día vive de su juventud, al otro regresa como si nada haiga pasado. ¡Ya ni la friega! Prieto se fue, quemado regresó. Y las cenizas pa nada sirven cuando uno quiere hacer fuego.

Pero, tómale, Chato, el tequila entre más puro mejor. Pos bueno, por ahí me vino a buscar el cura que, disque uno tiene que cargar con su cruz y que la cruz de uno son los padres. ¡Pos qué pasó! Ni que uno fuera re menso. Primero una pinche pistola en mano y una mirada que queme, te aseguro que ese señor aquí no se apronta, sale huyendo como perro atormentado.

¡Ni el chamuco lo aterra a uno, más que la conciencia!

La necesidá es cabrona, y uno, uno busca a los demás por necesidá no por arrepentimiento. Y ese señor, ¿tiene remordimiento? Lo que tiene son ganas de que le tortién, pero lo único que va lograr es que le tortíe el hocico si sigue molestando en mi casa.

Porque, como dicen, dando y dando y pajarito volando, yo su tristeza no me la trago, mucho menos la digiero. Que, si quiere perdón que dé algo, ta re mal si piensa que obtendrá compasión de la nada.

Mi abuelo noche tras noche, se la pasaba entre cuete y pólvora, pa darnos de comer taba difícil, pero nunca se rajó. Y éste, se presenta con su cara de mustia, ¡cómo si eso sirviera de algo!

¡Ay, Chato! Bien dicen que la vida cambia, un día tas arriba, otro tas bien aterrizao en la tierra. Hace años, me hice bien hombrecito y ayudé al tata con mis hermanos. Me metí en la agricultura, ¡veme!, ¡no soy el mesmo! Ya tengo pa tragar y darme mis gustitos.

¡Más hora resulta que ya tengo padre! ¿Cómo son las cosas? Soy capaz de pagarle el coyote, que se largue pal norte, eso quería. Pero aquí, yo no lo acepto. Que le llore a su amigo, que lo maten, que la casa le bajaron y los becerros no supo cuidar.

Pero, güeno, Chato, vamos pa la casa, mi señora hizo unas tacasotas y con un vasito de leche ni te vas a arrepentir. Créeme que hay mucho por contarte de la visita de ese infeliz. ¿Sabes qué fue lo que dijo la noche de su regreso?

“Mire, Pirrurris. No hay nada pior que el castigo de un hijo, y cuando yo los dejé a usté y a sus hermanos, fue porque no me quedó de otra. Yo no tenía nada que ofrecer, ustedes morirían de hambre. Hasta la Tránsito se fue a transitar por otros rumbos, y pos yo, me quedé solo como un chucho. No sea rencoroso y perdone a su padre”.

Sus palabras ni pal arranque sirven, me lleno de congoja de pensar en aquellos días. Mis hermanas lloriqueando por su madre, con los pies todos chamagosos y sus ropas todas harapientas. Uno tiene corazón y de resentimiento se llenó. Dolía ver a los míos sumidos en la pobreza, en el hambre y en la soledá. ¿Sabes cuántas veces nos quedamos con ganas de un taco con sal? ¡Ni pa eso teníamos!

Mínimo cuando vivíamos con nuestros padres el amor amortiguaba el hambre y la tristeza. Pero, pos ya cuando uno ta solo, ¿a ónde recurre si no se tiene nada? Pos a perrearle, a buscar en la basura, a trabajar como bueyes y a tratar de sobrevivir. ¡Hora resulta que todo se lo vamos a poner bien facilito! ¡Viejo crédulo! ¡Si hombrecito debiera ser! ¡Qué sabe él de sus hijos, sino lo que se dice en el pueblo!

Chato, ¿te acuerdas de cuando me conocites de niño? Me dabas de tu torta, me prestabas tus trompos y tus matracas. Tú siempre fuistes como un hermano pa mí. Hasta cuando comencé a trabajar de cuetero con mi abuelo. Ibas y nos ayudabas pa que pudiera salir a jugar un rato con el crillero.

Pos, bueno. José vino el sábado pasado en la noche. ¡Ni María Magdalena lloró tanto! Lo pior de todo es que de lágrimas de cocodrilo no pasaban las de este hombre. Se echó su rollo y quería pasarse a la casa. ¡Pos ni que fuera la suya!

Con sus palabras quería entrar en mi pecho, ¿cuándo has visto que un par de pétalos destruyan una muralla? Así este hombre, ¡y la vergüenza ónde la dejó! Siguió con su palabrería, me contó de su viaje al paso. De cómo trabajó en el tren y cómo intentó cruzar la frontera con el amigo que le mataron.

¿Eso a mí qué, Chato? Ni que él se hubiera preocupado por nosotros. Se fue como un cobarde y le echó la piedra al zapato de mi tata. No se supo nada, nadita dél. Hasta que vino y de conciencia se fue, no quiso llevarnos consigo. Tons, ¿por qué nosotros cargaremos con un morralito que nos es desconocido?

Vamos, Chato, camínale más de prisa, quiero mostrarte mi jardín, ¡si mi vieja se luce en eso de los rosales! ¿Quién iba decir que yo me iba casar con semejante mujeron! Y pos a quién le dan juguete que chille.

Este viejo rabo verde entre escusas y mentiras quería que le valiera el perdón, ¡pos pa eso ta la iglesia y el señor cura! Yo soy mortal y de perdonar no vivo. ¡Qué hablara! A mí no me importaba. Otra cosa que no le perdono, fue la manera de invocar la figura del tata.

¡Qué ese viejillo nos educó pa no quererlo! Que ese señor lo dejó por el ahí se va, en el camino de la vida. Que la culpa era del santo de mi abuelo. ¡Pos uno no tiene corazón de acero! Uno siente cuando ofenden los suyos. Además, ¿quién nos dejó a nosotros pior que en el camino del ahí se va? ¿Quién le dijo que el abuelo nos decía que no debíamos quererlo?

Nadie es ciego como pa no ver, ¡y más si las cosas son tan claritas! Dejé que hablara y se desahogara. Luego como signo de reconciliación trató de darme un abrazo. ¡Nunca he visto que las cosas se arreglen tan fácil! Me quité y lo corrí sin más.

El viejo me dijo que uno no debe de ser tan rencoroso, mucho menos con sus padres. Pero, no todos pensamos de la mesma manera. Es más, mira, ¿ves allá el rosal? Ahí, Chato, está José. ¿Notas aquel montoncito de tierra elevado? Pos el señor no se quería ir de la casa, dijo que prefería estar muerto que regresar a la calle sin nadie con él. Yo lo ayudé en su deseo, le regalé mi pistola y entré en mi casa.

Luego, luego, se escuchó una detonación. El muy hombrecito se disparó en la sien. Y, ya ves cómo son de chismosas las viejas, pos todas las vecinas salieron de inmediato a ver qué pasaba, entre murmullos y gritos, sólo se distinguían frases como: ¡Ave María purísima!, ¡Ay diosito, santo!, ¡Háblenle a un dotor!, ¡El sacerdote, traigan al sacerdote para que le unte los santos óleos!, ¡Es el hijo del Pirrurris, háblenle!

Pos ahí las tienes, toque y toque la puerta. Salió mi mujer y le contaron que mi padre se había matado. Mi vieja se persignó y me llamó en seguida. Cuando llegué a la puerta, el sacerdote estaba ahí y me aconsejó que ofreciéramos una santa misa en el nombre de ese señor. Que él mismo se encargaría de los preparativos del funeral y del entierro.

¡No, pos eso no sería algo merecido! ¿Te imaginas cuánto dinero tuviera que pagar yo? No me lo gasto en pachangas, mucho menos en viejos sarnientos como él. Pos ni que uno fuera borrego y lanudo. Le tuve que comentar al padre que el problema era mío y por lo tanto yo me encargaría dél.

No hubo misa, mucho menos funeral o entierro luctuoso. ¿Pos qué no dicen que si uno se mata a sí mesmo se va derechito al infierno? Tons pa qué gastar en una misa si de todas maneras pa con el chamuco iba a llegar. En cuanto a un lugar en el cementerio, ¡mejor ese gasto lo invierto en otro sembradío! Pa éste que se conforme con un pedacito de tierra junto al rosal, ¡y qué se sienta de gloria! Que, si por mí fuera, se lo hubiera dado a los gatos monteses con tal de no tenerlo cerca.

¡Vieja! ¿Ón tá la cena? Aquí tamos el Chato y yo, tenemos un chingo de hambre, préndele al jogón que tamos de pachanga. No todos los días se nos desaparece un problema así de facilito.

MEIZU (Dimitri Ives)

 



Es una novela de ciencia ficción escrita al estilo de fanfic. Recoge los personajes de Yagate Kimi Ni Naru y Citrus. No obstante refleja el estilo propio de un autor con ideas nuevas. A continuación, adjuntamos el primer capítulo de la historia y al final de este el link donde podrán descargarla.



Reporte de la investigación 2604:

La situación es algo compleja. Hace tres mil años la civilización humana tenía distintas capacidades como lo son el derecho a razonar y construir una identidad propia.

Estos aspectos me llevan a relacionar esta individualidad con un tipo de inteligencia lógico-racional que junto con otros factores provocaban que todos tuvieran una personalidad única y un estilo de vida distinto al de los demás. Sin embargo, al estar estudiando la vida de las personas en el siglo XXI, me di cuenta de lo que pudiera ser el comienzo de los problemas que tenemos actualmente.

Hubo un auge tecnológico que llevó a los humanos a revolucionar su estilo de vida física para conducirlo a un esquema de vida virtual. Todo esto a través de pequeños aparatos mejor conocidos como teléfonos celulares.

Dichos artefactos eran utilizados para que las personas pudieran comunicarse con otras que estaban a kilómetros de distancia. Además de que, también, podían encontrar toda la información que desearán en la red que, en algunos casos concretos servía para que con un solo botón tuvieran todo al alcance de sus manos de tal manera que pudieran satisfacer sus necesidades básicas como comer.

Hasta ese punto todo iba perfecto, lo que no se tuvo previsto es que este avance conduciría a un retroceso en cuanto a la inteligencia individual. Las personas comenzaron a seguir estilos de vida llamados “tendencias” o “modas” que poco a poco fueron acabando con la personalidad. Todos querían lo mismo al mismo tiempo.

Por aparte, al tener todo tan fácil, los seres humanos dejaron de lado el hecho de pensar y realizar las cosas por sí mismos, lo que actualmente se puede ver relacionado con la pereza mental y la estupidez que todos poseemos hasta cierto grado.

A su vez, esta estupidez les impedía pensar más allá de sus intereses propios. Lo que condujo a la conocida crisis ambiental más desastrosa que ha tenido el planeta tierra en toda su existencia.

Miles de especies animales murieron, los lugares aptos para vivir se redujeron a un triángulo de sobrevivencia que equivale a una décima parte de lo que era el territorio habitable en los años 1900.

Como era de esperarse, hubo una escasez de alimentos y de agua, por lo que las especies tenían que evolucionar lo más rápido posible. Cabe mencionar, que evolución no es sinónimo de mejorar, sino que simplemente se trata de adecuar y cambiar genéticamente.

Haciendo esta aclaración se puede explicar por qué los seres humanos en vez de obtener mejores capacidades/cualidades terminaron por ser unos seres no pensantes y sin individualidad.

Las empresas como respuesta a los cambios climáticos construyeron el triángulo seguro en el que sólo respaldaron la vida de 50,000 personas que construían una sociedad que beneficiaba a los más afortunados. En otras palabras, de ese número de personas 45,000 trabajaban en beneficio de las otras 5,000.

No obstante, eso causó polémica y enfrentamientos entre ambos bandos. Por ende, se originó que los empresarios crearan lo que hoy en día se conoce como el Cerebro Padre.

Dicho artefacto funciona como un cerebro normal por medio de las neuronas y la sinapsis entre estas. Sin embargo, para que todo saliera como estaba planeado, las personas conectaron sus cerebros a esta máquina, ellos creían que sacarían algún provecho en el sentido de que todos serían iguales a partir de ese momento.

Los humanos no pensaron que literalmente se convertirían en seres iguales. Todos pensarían, actuarían, desearían, vivirían, existirían de la misma manera y, la personalidad sería sólo un mito olvidado por la humanidad.

Fue en este punto que la empresa MEIZU (creadora del Cerebro Padre) se dividió en dos, debido a que las dos hermanas que inventaron este artefacto querían asumir el control total de la sociedad.

Por lo que, el triángulo de sobrevivencia a su vez se dividió en dos secciones de igual tamaño y de manera triangular. El territorio A correspondía a Mei y el territorio B a Yuzu, de ahí que la sección A se llame MEI y el área B, ZU.

Estas hermanas crearon un acuerdo, construirían una fortaleza a base de cemento, piedra y acero inoxidable para rodear la isla y para separar ambos territorios, con la promesa de que en ningún momento la otra intentaría de conquistar la parte que le correspondiera a su hermana. Así como, el laboratorio en el que se encontraba el Cerebro Padre sería el único punto que conectaría ambas partes.

 

—¿Cómo fue qué conseguiste toda esta información?

—¿Cómo crees? Fueron años de investigación. Claro, en lo que podía conseguir alguna pista en concreto.

—Bueno, y de casualidad ¿tienes datos acerca de la inmortalidad?

—No, pero de acuerdo con los archivos que logré hackear del laboratorio principal hubo un proyecto en el que por medio de ciertos tanques las personas serían enviadas a una realidad virtual. Supongo que eso y la conexión con el Cerebro Padre darían como resultado una vida virtual eterna en mejores condiciones que las que realmente se tienen.

—¿Hay alguna manera de que podamos conocer la sección A?

—¿No entendiste? Separaron los dos sectores, la única forma de llegar al otro lado es cruzar por el laboratorio, pero…

—Eso implica tener que enfrentarse con el protocolo de seguridad que fue instalado para que el cerebro no fuese atacado en algún momento.

—Necesitaremos un equipo que esté preparado para todo.

—¿Y si despertamos a otros?

—Te desperté a ti porque eras como mi hermana en la realidad virtual. Confío en ti, pero sacar a más personas de esa realidad implicaría arriesgarse demasiado.

—Touko, tú sabes que Koito sería la persona ideal para librarnos del sistema de seguridad del laboratorio.

—No pienso traerla a la realidad…

 

Ni siquiera sé si traerte a ti fue una buena opción. Quizá lo hice por miedo a la soledad. Despertar en un mundo en el que todo es tan distinto a lo que recordaba. Abrir los ojos y darme cuenta de que nunca existió todo aquello en lo que creía, darme cuenta de que nunca tuve una casa, una familia, un perro, una novia, nada… Lo que realmente estuvo ahí era una caja que me alimentaba mientras me sumergía en una realidad virtual que a su vez era dominada por el artefacto mayor: el Cerebro Padre.

¿Cómo fue qué me di cuenta de esto? Uno de mis cables se desconectó, las fallas en mi sistema terminaron por mandarme al mundo real. Eso a su vez implicó que el tiempo pasara realmente, lo que en el mundo virtual equivale a un minuto, acá es un día.

 

—Tenemos que despertarla.

—No lo haremos, Sayaka.

—¿Tienes miedo?

—¡Sí! ¡Tengo mucho miedo! ¿Sabes qué es lo peor? Ni siquiera debí de traerte a ti. En el mundo virtual no existe la muerte, somos seres inmortales que alargan su vida una y otra vez, pero aquí todo es diferente. Cada día que pasamos fuera de los tanques, nos acerca al final. La única manera de sobrevivir eternamente es volvernos a someter, conectarnos y vivir una realidad que no nos corresponde.

—La muerte es sólo un mito. Sólo existe en los libros que están en las bibliotecas. Tú lo sabes. El ciclo de la vida es tan sencillo como nacer, crecer y hospedarse en la juventud, a menos de que quieras que te reinicien para nacer de nuevo.

—La muerte en el mundo real implica a ser la nada, convertirse en nada, dejar de existir. Aquí no hay reinicios. Aquí te jodes en el momento en que cruzas ese umbral. Aquí ¡sólo tienes una maldita oportunidad para hacer las cosas bien!

—Discúlpame…

—¿Por qué?

—Por esto…

 

***

 

Una sacudida en el cerebro, tal vez esa sea la manera de reiniciarse en este mundo. Un golpe muy fuerte en la cabeza produce inconsciencia, la inconsciencia también te lleva a la nada, aunque de repente te regresa al todo.

Si es cierto lo que dicen los libros de fantasía, aquellos libros que se encuentran en el área de anatomía, un golpe en el cráneo también puede provocar la muerte. No obstante, ¿tan malo sería morir?

Me vi forzada a desconectarla de ambas realidades, ella necesitaba de mi ayuda para tener el valor suficiente de traer a este mundo al equipo perfecto para la misión. En otras palabras, en lo que ella dormía tranquilamente, yo desperté a Koito, a Harumi, a Matsuri y a Momokino.

No fue fácil explicarles que estábamos en otra realidad y que todo lo que conocíamos era una fantasía. Recurrí a la historia del hombre de la caverna de Platón. Ellas me miraron como si estuviera loca.

Harumi fue la primera en cuestionar si todo esto no era producto de un mal viaje que nos dimos con alguna sustancia. Matsuri y Momokino se miraron cómplices y lo que dijeron se resumió en “pues si es otra realidad, tenemos que hacerla nuestra también”, luego de eso se fueron a hacer varios intentos (nulos) de reproducirse.

Koito simplemente me preguntó por Touko. Después, fue y se recostó a su lado, colocó su cabeza en el pecho de mi amiga y se quedó dormida.

 

***

 

La luz del sol fue volviéndose un espejismo, dejando todo en una espesa oscuridad. Esa noche no hubo luna que fuese capaz de acompañarlas. Afuera del edificio en el que se encontraban, el viento chiflaba una canción macabra, una melodía que les erizaba la piel y las hacía palidecer.

Nunca habían escuchado semejante sonido. El mundo virtual en el que vivían estaba programado para darles una vida perfecta: días templados y uno que otro lluvioso.

Ellas no conocían lo que era la voluntad de la naturaleza. No sabían que al enfurecer esta, todo se podía derrumbar en un abrir y cerrar de ojos. Bastaba que la naturaleza se sacudiera un poco para que todas las edificaciones cayeran al suelo aplastando lo que estuviera a su paso. Bastaba que escupiera su ira para que la lava cubriera todo y sólo dejase cenizas de lo que algún día pudo existir. Bastaba que soplara, que sacudiera sus aguas para derrumbar lo que con su ayuda el hombre conocía. La naturaleza lo era todo, el hombre no constituía ni la nada.

 

—Nanami senpai, despierta.

Touko abrió los ojos, despacio, tranquila, no comprendía nada de lo que estaba sucediendo.

—¿Yuu chan?

—¿Qué es lo que se escucha?

—Es el viento.

—Eso lo entiendo, pero ¿por qué silba de esa manera?

—No está silbando. Es la manera natural de hacerse presente.

—Senpai…

—¿Te despertó Sayaka?

—Eso no importa ahora…

—¡Le dije que no lo hiciera! ¡Es muy riesgoso que estés aquí!

—¡Touko senpai! ¡Escúchame!

 

No voy a escucharte, no quiero oírte nunca más. Una mentira lleva a otra, y contigo sólo escucho el eco de promesas vacías, promesas que nunca se cumplieron, promesas que pasaron a ser un montón de palabras vacías.

 

—¡No te quiero escuchar! ¿Dónde está Sayaka?

—Salió a caminar, bueno… A buscar a las chicas.

—¡Qué mierda! ¿A quiénes despertó?

—Ya sabes… Harumi, Matsuri y Momokino…

—¡Tenemos que buscar a esas idiotas!

—¿Por qué te preocupa tanto?

—¡Deja de hacer preguntas tontas! Este no es el mundo al que están acostumbradas, ahí afuera…

—Hay una realidad que tenemos que descubrir —complementó Momokino—.

—Llegamos, chicas —gritó Harumi—.

 

El plan era el siguiente. A partir de ese momento se dividirían las actividades. Dos de ellas se encargarían de recolectar la comida, otras dos tratarían de recolectar mantas y objetos que sirvieran para pasar las noches frías, y las otras dos se encargarían de explorar el territorio.

 

Mi nombre es Harumi Taniguchi. De acuerdo con la realidad virtual, actualmente tengo 325 años. Soy estudiante de tecnologías, por lo que me encargo de hacer mantenimiento en un centro de comandos. Soy novia de Sayaka y mejor amiga de Momokino. Amo comer sushi. Bueno, aunque prefiero las ensaladas de pollo.

 

—¿Qué estás haciendo con el cuaderno de Touko?

—Mira, si es cierto lo que nos dijo de que todos vamos a morir lo mejor es que deje una nota en la que explique quién fui, yo no quiero quedar en el olvido.

—Te va a matar si se da cuenta de que escribiste en el cuaderno de su investigación.

—De cualquier manera, nos va a matar a todos. ¿A caso no quiere ir a desactivar el Cerebro Padre? Yo no sé para qué andan con tonterías, a final de cuentas estábamos mejor en el mundo virtual. Vida eterna, comida, comodidades, ¿qué más podríamos pedir?

—La realidad, la posibilidad de ser diferentes.

 

Reporte de la investigación 5708:

El plan es desconectar el Cerebro Padre. No obstante, para ello se va a requerir un sinfín de maniobras. El día que desperté me encontré en un edificio cercano al laboratorio principal.

Caminé hasta dicho lugar, entré y logré llegar a la bodega en la que pude recolectar toda la información correspondiente al Cerebro Padre y MEIZU. Sin embargo, al querer entrar a la sala en que está resguardado el artefacto me encontré con una serie de problemas.

Al entrar al lugar se activa una alarma silenciosa que provoca que se suelte un gas que en menos de cinco minutos te deja dormido por horas. En caso de que logres escapar de este gas tóxico, te enfrentas con armas que disparan desde el techo, el suelo y las paredes.

Eso no es todo, al parecer cada habitación de la que logras escapar tiene más pruebas y cada vez más difíciles. La tercera habitación a la que pude entrar fue una de las peores. El Cerebro Padre se hace presente en la sala y te hace enfrentarte con tu verdadera identidad antes de que fueras conectado a la vida virtual. Además, convoca tus mayores temores para que te molesten hasta que no puedas más y decidas huir del lugar.

Por otro lado, debo de mencionar que en la biblioteca encontré un libro que guardaba dentro de sí un pergamino que hablaba de la edificación y la estructura del laboratorio principal.

Dicho mapa lo guardo conmigo, no me gustaría que llegue a las manos equivocadas.

 

—Yuu chan, yo no quería que tuvieras que enfrentarte a todo esto. No quería que ninguna de las chicas asumiera la responsabilidad que implica recuperar nuestras vidas.

—¿Por qué desapareciste?

—Al parecer hubo algunos fallos en mis conectores con el Cerebro Padre. Eso provocó que despertara en la realidad física.

—Pero… ¿Por qué no regresaste? ¿Por qué no volviste a entrar?

—Yuu, no lo tomes personal…

—¿Sabes cuánto te extrañé? ¿Sabes todo lo que tuve que pasar sólo porque decidiste no regresar a mí? Yo te amaba, Touko… Te amé como nunca había amado a alguien, contigo me enseñé a amar…

—Yo necesitaba mi libertad. Quería hacer mi propia vida, aquí encontré lo que deseaba, aquí está todo lo que quería para ser feliz…

—¿Feliz? Este lugar parece un maldito basurero, no tiene nada que te pueda hacer feliz.

—Eso lo dices porque todavía no encuentras tu manera de serlo. En este mundo no tengo que seguir las reglas que nos han marcado desde una eternidad… Puedo decidir por mí misma qué quiero y qué no quiero hacer.

—Eres una estúpida.

—Una estúpida feliz.

 

Yuu estaba enfurecida cuando se dirigió hacia el laboratorio principal. En la entrada miró que estaba Sayaka quien sólo mantenía la mirada en el suelo mientras jugaba a entrelazar sus dedos. A un lado de ella había una carta que le había escrito Harumi.

 

—Sayaka, ¿estás bien?

—Harumi se fue.

—¿A dónde? No hay lugar alguno al que pueda escapar. ¿Te das cuenta de que estamos en una miserable isla? Allá afuera no hay nada…

—Se llevó las notas de Touko, entró en este maldito lugar y ya no la he vuelto a ver.

—A ver, tranquila. Quizá sólo está jugando para asustarte. ¿Vamos a buscarla?

 

La noticia llegó de pronto a oídos de Touko. Una Sayaka exasperada con su camisa bañada en sangre y una Yuu Koito pálida del susto llegaron frente a la chica. Las dos le comentaron cómo habían encontrado el cuerpo de Harumi y lo que ésta había intentado hacer en el laboratorio.

 

—No vuelvan a acercarse a ese laboratorio. Es una orden. A partir de hoy, nuestros planes se adelantarán un poco. Para la mañana del lunes todo tiene que estar listo, invadiremos el laboratorio principal y cruzaremos a MEI. Luego de que cumplamos con mi plan, desactivaremos al Cerebro Padre. ¿Entendido?

 

Matsuri no estaba de acuerdo. La idea de tener que arriesgar a Momokino por una simple fantasía de recuperar la libertad para pensar y actuar por decisión propia le parecía absurda.

Para ella, Momokino lo era todo. La conocía desde hacía más de trescientos años. ¿Por qué habría de renunciar a ella? Momokino siempre estuvo ahí cuando ella más lo necesitaba, cuando le hacía falta un abrazo o una cerveza. No tenía caso perder todo lo que conocía por una realidad que era más miserable que su existencia.

Por esta razón, a diferencia de los demás. Ella también estaba ideando un plan propio. Se encargaría de llegar al Cerebro Padre antes que todas y, así, encendería una alarma de tal manera que fueran conectadas de nuevo a la realidad virtual por el Cerebro Padre. Estando todas en el mundo virtual, nadie podría despertar a nadie de dicha ensoñación y todas estarían a salvo.

 

 

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