Mostrando entradas con la etiqueta Dimitri Ives. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dimitri Ives. Mostrar todas las entradas

Transbordo (Dimitri Ives)

 

Créditos de imagen: Pixabay

Un cristal lo separaba del mundo real, del universo en movimiento. No recordaba la primera vez que había colocado su cabeza en un trozo de vidrio. Pero sí estaba seguro de la primera vez que había soñado mientras recargaba su cabeza en el cristal. Era como si se hubiese desconectado de la realidad para imaginar posibilidades infinitas de lo que pudiera ser, pero que jamás sería.
A través de esa barrera transparente y nítida asimilaba un montón de imágenes que siempre eran iguales, o al menos, parecidas. Un árbol a punto de derrumbarse ya fuera por plaga, sequía o incendio. Un poste de luz tan inclinado que simulara estar a punto de recostarse sobre el asfalto de la calle. La tienda de fulanito con una fachada repleta de grafitis sin sentido. La señora regordeta de cabello negro lacio en la parada del camión con un rostro de pocos amigos. El perrito callejero que se escondía entre los huecos de la barda de la unidad deportiva.
Días repletos de luz, infiernos calurosos en los que la gente sudaba y desprendía un olor agrio y molesto. Otros, a media luz con nubes cubriendo el cielo, mientras la gente andaba con un paraguas en mano y una chaqueta en la otra. Olores a perfume e incienso, comida y desagüe, humo y flores; mas, adentro de aquel cristal sólo existía el hedor a desconocidos, un hedor penetrante a mugre y trabajo, menstruación y orina, desodorante barato y sudor con aceite. Fragancias que, sin quererlo, lo unían con otros, lo hacían parte de su realidad.
Esa mañana había salido con dirección a un barrio desconocido para él. Subió en un camión color rojo y con asientos grises. Caminó hasta el fondo y tomó asiento junto a la ventana. En sus manos tenía el teléfono celular, abrió una aplicación y colocó la alarma de notificación de parada.
No sabía a dónde se dirigía, eso era cierto. Sin embargo, en el fondo era un camino que siempre tuvo la ilusión de recorrer solo. Acompañado únicamente de la música que resonaba en sus oídos, primero una melodía tranquila y melancólica, para después finalizar con un ritmo rudo y acelerado.
Conforme recorría las calles pensaba en las veces que había hecho recorridos similares. Trataba de reflexionar, sentir todo lo que le rodeaba, pero había tantos momentos que lo único que le recordaban eran sus ganas de huir, querer escapar de la enajenación.
En su pecho sentía un hueco que lo consumía. De nuevo se estaba aferrando a la angustia. No estaba seguro de qué pasaría después, quería que ella no se fuera de su lado. La incertidumbre le hacía cuestionarse si ella todavía deseaba saber de él, o si simplemente se iría como todas las personas a las que había querido en su vida.
Su pie comenzaba a denotar esa ansiedad. Golpecitos contra el suelo del camión. Los dedos de sus manos tamborileando en la mezclilla de su pantalón. La respiración acelerada. Ardor en el estómago. Grandes suspiros. Ojos cristalinos a punto de inundar sus mejillas. Pensamientos por aquí y más allá. Trataba de convencerse de que las flores no crecerían más. El café al despertar ya no lo embriagaba como antes. Ella pasaría a ser parte de los sueños inconclusos en los que el rostro se va a desdibujando hasta perder forma y contorno, sería la sombra mal trazada al pronunciar su nombre.
Él tendría que aprender a ver a través de la ventana sin buscar su reflejo, sin esperar encontrarla al final del viaje. Ella se convertiría en el recuerdo que lo atormentaría por los siguientes meses. Él se daría por vencido, se desvanecería entre palabras no dichas y botellas de alcohol vacías.
¿Para qué albergar ilusiones o sueños donde solo quedaba oscuridad? Ya no se trataba de luchar, de querer volver y sujetar. Era momento de lanzarse al vacío, caer en cuenta de que ningún sueño se hacía realidad.
¿Y que hablar de perder? No se podía perder aquello que nunca se tuvo. Esto aplicaba para ella y su sonrisa. Lo mismo para sus sueños y perspectivas de vida.
Ya no quedaba nada más. El viaje estaba llegando a su final. Los ecos eran eso, palabras en el viento que nunca se atraparán. Palabras del pasado perdidas en el viento.

Un cuento de sirenas (Dimitri Ives)

Créditos de imagen: Pixabay

Me gustaría contar mi historia antes de subir a lo que será, o pretendo que sea, mi última embarcación. La vida del marinero no es nada fácil. Desde pequeño he sido un hombre de mar, aprendiendo a la fuerza los obstáculos de esta vida.Mi padre tenía un pequeño barco. Se dedicaba a la pesca y venta de animales exóticos. Fue así como conoció a mi madre, una sirena de agua dulce, conocida como Prahara. Sirena de cabello ondulado y resplandeciente como los rayos de sol, ojos cuales perlas, y voz hechicera. Se dice que ella es de las sirenas que vagan por los arroyos cercanos al mar, apareciéndosele a los hombres cuya agonía embarga sus pechos. Los enamora, los hechiza, los abandona. La historia con mi padre no fue muy distinta que digamos. La conoció en enero, un día dieciséis para ser precisos. Simón era un marinero coqueto, el galán que destrozaba corazones a lo largo del océano, pero que al verla quedó completamente enamorado. Entre un ir y venir de las olas que chocaban en la madera crujiente de su barco, le prometió amor eterno si ella así lo deseaba. Mi madre, la sirena, sonrió complacida. Aceptó su promesa de amor y a cambio le pidió un mechón de cabello. Pasaron seis lunas llenas, para que ella diera a luz a un bello niño con cabello rubio y rizado, mi nombre es Caleb, el elegido para ir a la tierra prometida. El amor entre mis padres se sentía como una ráfaga de viento y un montón de truenos que terminarían en tempestad. Prahara se alimentaba de la agonía y la desesperación de mi padre, lo quería ver alejado de todo aquello que le pudiese dar un poco de tranquilidad. Lo separó de su familia y demás compañeros, lo hizo vivir únicamente para ella y para que alimentase sus necesidades. Una lágrima, una señal más de control. Una discusión, un pretexto más para quedarse. Un amor disfrazado de un día sí, pero al siguiente día un no. Ir y venir de emociones sofocantes. Belleza, posesión, cadenas, la marea alta. Mi padre repetía que una ola nunca viene sola. Tarde o temprano lo que parecía ser una llovizna tras otra en su relación, terminó por ser un huracán que lo arrancó de la realidad. Mi madre desapareció, se esfumó, así como había aparecido. Fue su venganza por la coquetería de mi padre y sus malas decisiones del pasado. Un castigo eterno. A partir de ahí, él se hizo cargo de mí hasta morir. Me instruyó para navegar, hacer guardia en la proa, eliminar el óxido y pintar las laterales del barco, pero sobretodo me enseñó a nadar cuesta arriba. Hoy quiero contar mi historia, porque más allá de ser hijo de la tormenta y de un marinero, soy un hombre que se ha enamorado en variadas ocasiones, llevando su corazón en mano a punto de fragmentarlo para darlo a su amada. Todo comenzó con mi primer amor, mi adorada Ryba. Cuando la conocí yo no pasaba de tener diecisiete años. La seguí viento a popa. La conocí un día que me tocó vigilar los obstáculos a lo lejos. Al mirarla me quedé paralizado. Parecía una mujer de cabellos de colores, desde el rosa hasta al verde, sonreía de manera atenta a los viajeros. Mujer de muchas palabras, irradiaba tantos sentimientos que con sólo admirarla quería ponerle todo a sus pies. Necesitaba hablar con ella, en el fondo de mi ser quería nadar hacia su encuentro, abrazarla y llenarle su rostro de besos. Decirle las cosas más lindas del mundo. Quería ahogar mi corazón en el sonido de su risa, albergar mis ilusiones en lo blanco de su piel. Esa noche varados en el mar, me acerqué a la proa para poder conversar con ella. Fue la primera sirena que me robó el aliento. Me habló de las plantas en el mar, de los peces de colores y de la agonía de tener que vivir por siglos sola. Si tan sólo ella supiera todo lo que removió en mí, lo agitadas que dejó las aguas que componían mi pecho. Yo no quería decir nada, quería conformarme con mirarla a los ojos. Pequeños cristales cafés tan brillantes, tan sutiles. Su mirada era un abrazo de terciopelo, de los que acogen tu alma y la reconfortan, de esos que te hacen soñar y tener miles de ilusiones. “Tu pecho se acelera al verme, mañana tu respiración se cortará y tus manos sudarán, pasado me mirarás a los ojos y sonreirás sin motivo aparente. En un mes dirás que soy la sirena más hermosa, la que nadará en tu mar interior para siempre. Pero pasando tres meses habrás de sucumbir ante el encanto de la rebeldía y tendrás que dejarme ir”, confesó antes de sumergirse en la oscuridad del océano. En un abrir y cerrar de ojos perdí lo que más me llenaba el alma. Un desasosiego se hizo presente. Tomé una jarra de cerveza y comencé a beber pensando en lo que querrían decir aquellas palabras. Esa noche las estrellas se veían difusas, asustadas, temblorosas como mis manos. El único sonido que me acompañaba era el de mi corazón enamorado. Esa noche suspiré, velé por su amor, recité de memoria los versos más lindos de los poemas que sabía. Esa noche me entregué a ella entre ilusiones y gemidos, la amé con sólo observarla. A la mañana siguiente la miré de nuevo. Ella cantaba un poema desconocido para mí en ese entonces. Los versos del buen marino. Todos mis amigos gritaban sorprendidos, pero yo callaba esperando una señal suya para correr a sus brazos. Ella me observó y me dedicó una sonrisa, acercó su cuerpo al barco y me regaló una ninfa blanca. Con tan poco podemos significar tanto, pero ella no se dio cuenta de ello. Ella no sabría que después habría de partirme el corazón en dos. Le dio el sentido más bello a mi despertar, le dio calor a las aguas heladas que me rodeaban. En poco tiempo se ganó mis pensamientos. Nadé con ella, disfruté de las profundidades del océano. Recorrí tantas aguas sujeto a su aleta, al calor de su piel tan blanca como la porcelana y, ella no sabía que el corazón de un hombre podría ser tan profundo como el mar. La invité a recorrer tierra firme conmigo. Ella accedió, era de las pocas sirenas con esa habilidad. Se transformó una vez y la invité a ver las estrellas en lo más alto de una montaña. Quería que sintiera el viento, el frío sobre la piel por el soplar de las nubes. Le obsequié un tulipán y con él mis más sinceros sentimientos. Cada vez la quería más, más de lo que amaba navegar por las noches en las costas de Italia. Me visitó por repetidas ocasiones. Y con cada una de sus visitas se desprendía uno de sus mechones de cabello. Perdía parte de su encanto, aunque ante mis ojos sus defectos seguían siendo las virtudes de un amor idealizado. Cumplimos tres meses. Recordé las palabras que me dijo el día en que la conocí. El hechizo había terminado. Lo que ante mis ojos se dibujaba antes como una de las bellezas más delicadas, ahora yacía en el fondo del océano cual cerdo de mar. Se deformó hasta que ya no pude reconocerla más. Ella, conociendo la desgracia del amor que sentía hacía mí, se alejó, vertió toda su esencia para hacerme feliz y por fin, una mañana simplemente desapareció junto con los sueños de un primer amor. Conté los días después de su partida. Sujeté entre las manos mi corazón herido, lo quise vendar para sanarlo. Prometí no enamorare de nuevo, porque eso del amor es más que complicado, una serie de sensaciones que te carcomen en un frenesí de alegría y después te desploman en una agonía absoluta. Recuerdos en la oscuridad de la noche, al observar por la proa con la esperanza de encontrarla. Pasaron años, alrededor de diez, antes de que conociera otra sirena que llamase mi atención. Y, es por eso por lo que, hoy quiero contarles mi historia. Entre el ancla y el trinquete, entre el bauprés y la mesana. Un día sofocante, una mañana en la que el sol nos daba el escarmiento a nuestras conductas, yo me encontraba revisando los botes salvavidas, dando el mantenimiento a nuestra embarcación, me topé con una carta en un sobre púrpura que desprendía un olor a cerezos. Al abrirla y leerla me topé con una de las letras más hermosas que había visto yo en mi vida. Eran trazos precisos hechos con tinta morada. Pequeñas líneas que conformaban el horizonte, un punto por aquí, una frase bien escrita por acá. Con la yema de mis dedos acaricié aquellos trazos, los sentí, cerré los ojos y un aroma a mujer sofocó mis pulmones. Unas manos invisibles acariciaron mi cabello. Introdujeron sus dedos entre los rizos de mi pelo. Un tacto delicado, tierno, amoroso. Mi corazón dio un brinco y una sonrisa inexplicable se adueñó de mi rostro. Al abrir de nuevo mis ojos me topé con ella junto a una roca en el mar. Sonrió. Era una mujer muy linda. Su cabello le llegaba a la cintura, era de un color avellana claro. Su rostro estaba cubierto de pecas y sus manos tenían unos dedos pequeños, curiositos. Salté mar adentro, nadé lo más rápido que pude hacia ella. Comenzamos a hablar. Ella me tranquilizaba a la vez que me desconcentraba de todo lo demás a mi alrededor. Su voz se introducía desde mis tímpanos y se abría paso hasta lo más profundo de mi ser. Mientras me hablaba de algo que no comprendía del todo percibí un lunar que adornaba uno de sus ojos. Ella no se dio cuenta de lo que yo observaba, ni lo que en mí provocaba el reflejo de su figura. “Me llamo Lignji”, pronunció en susurro. Ecos que quebrantaron las murallas que me había interpuesto para salvaguardar mi interior. Al poco tiempo me enteraría que era la sirena calamar, conocida por ser casi tan grande como los océanos al igual que sus amores. Entre los demás marineros se corría el rumor de que cada que se enamoraba, encarnaba de ella un tentáculo nuevo que crecería al igual que su sentimiento. Me lo advirtieron. Me dijeron que tuviera cuidado con nadar entre sus mares. Pronto habría de caer ante sus mentiras. Habría de nadar directo hacia el vacío tan profundo de la soledad. Yo, en el fondo, me llené de esperanzas de querer comerme el mundo entero a su lado, no importaba que tuviera que vivir eternamente en el mar con ella, no importaba si ya no regresaba a tierra firme con tal de escuchar su voz al amanecer y antes de cerrar los ojos al dormir. Supuse que, de nuevo, el tiempo límite para amarla sería de noventa días, noventa y una noches. Tiempo que me sería suficiente para conocerla, aprender todo de ella, conocería lo que le gustara y lo que no, sabría lo necesario para poder compartir el resto de mis días a su lado. Le haría la propuesta de amor más hermosa que ella habría de recordar. A la luz de la luna cantábamos juntos, en la isla rocosa en la que vivía escribíamos coplas al viento, en el mar nadábamos pegados el uno al otro. Es tan curioso lo que el simple tacto de la persona que amas puede provocar en ti. Era feliz, maravillosamente feliz de estar a su lado, de poder mirarla recostados a la orilla del mar, de escucharla cantar mientras se arreglaba el cabello frente un espejo, al sujetarle una de sus pequeñas manos entre las mías. Era feliz con sólo saber que ella existía y que podría verla a la mañana siguiente. En el fondo los dos comenzamos a planear un futuro juntos. Hablamos de hijos, de un matrimonio, de las consecuencias de este amor inesperado. Sin embargo, pese a los planes y los sentimientos que teníamos el uno por el otro, tuvimos que decirnos adiós. Separarnos y seguir con nuestras vidas. Los problemas comenzaron cuando entre un día y otro cada uno vivía a su ritmo. Ella nadaba veloz contra la corriente, yo, por mi parte, recién y estaba conociendo aquellas aguas. Ella siempre iba a miles de metros de distancia dejándome atrás. ¿Cuándo la alcanzaría si al salir el sol sólo podía ver su figura en los recuerdos de mi alma? Ni siquiera nuestro amor era suficiente para mantenernos unidos, obligados a navegar con el andar del otro. Ella me miró con los ojos repletos de lágrimas, prometió amarme por toda la eternidad, pero teníamos que ir detrás de nuestra felicidad. Se fue sin decir más. Mi pulso se volvió torpe y lento. De repente todo se nubló, el cielo lloró a mi compás. En un instante esas ganas de recorrer los océanos se convirtieron en la perdida de fuerzas para levantarme de la cama a tomar siquiera un vaso de agua. Tardé en recuperarme de este amor. La tristeza se convirtió en mi fiel compañera por unos meses. Decidí regresar a tierra firme, aprendí el oficio de carpintero, pero esto no llenaba a mi espíritu aventurero. Así que, después de treinta años regresé a altamar. Me sentía viejo. Cansado. Mas, con el espíritu de terminar mi vida en el mar, entregarme a las olas y consagrarme para siempre a mi viejo barco y a nuevas aguas desconocidas para mí. Los días pasaban sin ninguna novedad. Me dediqué a hacer lo de siempre, pescar y elegir los mejores peces para vender en los mercados. Separar entre los regordetes y aquellos que no conservaban más allá de su esqueleto. Fue así como la conocí a ella, sin quererlo, sin pensarlo, sin desearlo, por la casualidad del destino. Mi amada Smugairle Róin. Un amor de viejos, ya no se trataba de algo carnal, sino de las conexiones del corazón. Ella vivía en una isla a la mitad de la nada. Cepillaba sus cabellos a la vez que daba a luz a hermosas medusas resplandecientes que llenaban de colores la oscuridad de la noche. Ella, por su parte, cambiaba de apariencia pasados sus períodos de hibernación. A mi padre le había escuchado, cuando me contaba cuentos de niño, que era una sirena capaz de manipular los sentimientos de las personas a su alrededor. Pero cuando me acercaba a ella veía esa luz que se desprendía de su cuerpo, de sus cabellos rojizos como el fuego. Me parecía la sirena más tierna e inocente de la tierra. Sus abrazos consumían mis ansias de morir. El calor de su cuerpo me llenaba de la energía que perdía en mi viaje por el mar. Aunque no vivíamos juntos, yo sabía que mi corazón latía por ella y que sus cantos clamaban por mí. En un ir y venir de olas mensajeras, gaviotas descansaban en proa. El amor se sentía a nuestro alrededor, una conexión que se veía en el mar y se embriagaba en la espuma que golpeaba la roca de su isla y las maderas de mi barco. Pasamos los tres meses que se convirtieron en tres años. Las preocupaciones desaparecían cuando los dos nos comprometíamos a estar para el otro, cuando nos amábamos y cuidábamos de nosotros. No obstante, una noche en que dormí lejos suyo, otro navegante la capturó, sin saber que ella no podía salir del agua. Su llanto agonizante me despertó, pero cuando fui a su encuentro ya no supe de su paradero. Navegué constante, sin descanso alguno, hasta que la encontré muerta a las orillas de Brasil. No supe cómo tomar esto. Mi pecho se encogió apretando todo a su paso: pulmones, estómago, corazón, todo. Sentí que algo explotaría provocando que me desplomara en mil pedazos, pero nada de eso sucedió. El amor más fuerte de ser mar se convirtió en desierto. Lo que creía más real, nítido y tangible se hizo arena de una orilla que no volvería a pisar. La última vez que amaría a una sirena, la última vez que navegaría definitivamente mar adentro. Y es por eso que, hoy quise contarles mi historia, la historia de tres amores que se resumen en uno. La vida de un marinero que al pescar conoció el amor de tres sirenas maravillosas, todas ellas consumidas en las caricias de la flor que nace en lo profundo del mar. Una sirena llameante que duerme en mi pecho y aparece entre sueños, que canta con voces difusas y se pinta con los colores de un amor que no puede ser, pero siempre estará. El amor que me lleva entre sueños a esperar la muerte y a no amar jamás.

El banquete. Dimitri Ives

 

Créditos de imagen: Pixabay

Él, el hombre poseedor de la sangre más espesa que he visto correr a lo largo del pasillo de mi habitación. Ese hombre que, en algún momento de mi vida simbolizó un ejemplo a seguir, se convirtió en otro número más dentro de mi colección de víctimas. Lamentablemente, a éste no pude darle un uso como a los otros. Los otros cadáveres de mi lista negra me servían como alimento al menos por dos semanas o como materia prima para producir distintas obras de arte como esculturas. Sin embargo, este hombre me daba tanto asco y me provocaba tanto odio y repulsión que lo menos que podía hacer por él era inhibirlo de su maldita existencia y así mejorar la mía. Se podría decir que me saldó cuentas pendientes del pasado, de cuando me convirtió en la porquería de ser humano que soy actualmente, cosa que, por otro lado, le agradezco. Pero bueno…

¿Cómo logré hacerme de su cuerpo dentro de mi casa? Él no podía ser más estúpido, o tal vez sí, no quiero asegurar algo que como fui aprendiendo a lo largo de mi vida, él superaba cualquier límite dentro del pendejismo humano.

No obstante, les decía, él no podía ser más estúpido, lo invité a cenar para hablar acerca de mis riquezas adquiridas con mi trabajo y esfuerzo y cómo es que estaba dispuesto a ayudarlo con una pensión. Él como todo hombre ambicioso (e ingenuo) aceptó inmediatamente mi propuesta.

Preparé todo lo mejor que pude, porque a final de cuentas, cenas como estas no se consiguen muy a menudo, y bueno qué decir de nuestro invitado especial, no muy seguido encuentras hombres de sesenta años a los cuales aborrezcas tanto al grado de querer borrarlos de la existencia.

Aunque ese es otro punto metafórico y una cuestión de cuestiones. ¿Nos libramos en algún momento de la existencia? Se supone que “la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma”, no recuerdo quién lo dijo, pero sí sé que es una de las reglas de la vida en este mundo. Entonces, ¿qué pasa con nosotros después de la muerte si somos energía y ésta sólo se transforma? ¿A dónde va dicha energía? ¿Seguimos vivos en cierta manera? O tal vez seguimos al pie de la letra la frase religiosa de “polvo eres y en polvo te convertirás”.

Da igual, me da coraje que su asquerosa energía siga por algún rincón del mundo, pero al menos ya no se verá materializada en un cuerpo pútrido como el suyo. Y es que, si llega a reencarnar (si es que eso realmente existe) me gustaría decirle “maldito viejo nauseabundo, jódete, púdrete, muérete o te mataré de nuevo. Pero, ¿sabes por qué quiero que te mueras, infeliz? Porque no sirves para nada, sino para cagarme la maravillosa vida que tengo”.

Estimados lectores, discúlpenme por favor, no quiero aburrirlos con mi odio sin aparente razón, pero estoy seguro que conforme vayan leyendo la historia se darán de cuenta del por qué aborrezco tanto a ese hombre. Sin embargo, por ahora me gustaría hablarles de los preparativos del banquete.

¿Han visto cómo se emocionan las mujeres con la preparación de sus bodas? ¿Los padres con los bautizos o graduaciones de sus chiquillos? ¿Los jóvenes cuando obtienen su título y sueñan en cómo prosperarán (que, en países como éstos, esos pensamientos sólo son sueños y sólo eso)? ¿Los papas cuando tendrán una maldita orgía? ¿Los pedófilos cuando hacen de la suya y se cogen un mocoso? Pues así de emocionado me sentía preparando todo.

Comencé por decidirme en el lugar indicado para llevar a cabo mis fechorías. Primero pensé que me gustaría alquilar una capilla y ahí mismo decapitarlo frente a un dios inexistente, pero me di cuenta de que era una estupidez, no vale la pena manchar el lugar sagrado para muchos creyentes con la sangre de un cerdo como éste. Luego pensé en hacerlo en un basurero, porque mierda como esta tiene que regresar de donde salió, pero la neta esto lo vi algo indecoroso para alguien como yo, o sea, ¿cómo habría de ensuciarme en un lugar así? Después pensé en hacerlo en la tumba de su madre, pero la vieja me caía bien, no valía la pena molestarla matando a su cabrón en el lugar del “descanso eterno”. Y así seguí eligiendo el lugar indicado, pero ninguno me satisfizo. Hasta que decidí que lo mataría en mi recamara.

Ustedes se preguntarán el por qué permití que una escoria como él estuviera dentro del lugar más sagrado para mí. Pues la respuesta es sencilla: quería que muriera frente a las fotografías donde él juraba que todo estaría bien, promesa que nunca cumplió.

Amigos míos, no se decepcionen. Tal vez el lugar de su muerte sea uno muy cliché, pero lo interesante sería la manera en que jugaría con él hasta que quedase sin vida. Pero estos juegos se los narraré cuando lleguemos a la parte del entretenimiento de mi fiesta nocturna.

Luego de decidir el lugar, me dispuse a elegir un banquete digno de la ocasión, necesitaba cenar como un dios y beber como si fuera el mismísimo Baco. Por otro lado, recordé la porquería que cenaría conmigo y pensé en dos platillos, el previo a la muerte y el post mortem. Mi cena con el invitado consistía en un típico mole oaxaqueño y de postre un tequilita exquisito. Y la cena para celebrar que mi empresa saldría a la perfección, sería lasaña a la boloñesa, carnes de distintos tipos, ensaladas (tenemos que guardar la forma y la apariencia de vez en cuando, ¿no creen?), acompañados del mejor vino y whiskey del mundo.

Por aparte, también pensé en la música de acompañamiento antes, durante y después de esta celebración. La música que compartiría con él en la comida sería de banda (porque mi invitado, el naco, con respeto a todos los que prefieren este género musical, ama este tipo de música con las putadas de narco corridos); durante su muerte sería algo que me hiciera sentir como en casa, sería un poco de rock clásico y rock pop, es decir, The runaways y Nirvana, y t.A.T.u. y Los bunkers. Más para terminar con el banquete un poco de música tranquila con Nickelback y Manuel Medrano. A pesar de esto, me gustaría saber qué música hubiesen elegido ustedes, pero supongo que ya tendré tiempo de hablar con ustedes en persona o través de epístolas que me llegarán directamente a prisión preguntándome sobre la “babosada” que ustedes creen que hice. Pero, díganme, ¿creen qué estaré en prisión por mi fechoría? No sean ilusos, no pierdan su tiempo, recuerden lo que decía el Sade, para el hombre rico no hay ley que valga. Así que evítenle la fatiga a la prisión de tener que remandar sus cartas a mi casa, y háganlo personalmente por favor, claro, si no es mucha molestia.

Ahora sí pasemos al entretenimiento. Pensé que el contratar sexo servidoras sería un gesto noble de mi parte, conociendo lo puto que era este bato. Lamentablemente, no lo hice, las prostitutas no merecen contagiarse una enfermedad con esta basura.

Así que me decidí por…

Estimado lector, a lo largo de este texto te darás cuenta de que no tengo censura alguna o remordimiento que me haga parecer arrepentido. Pero dime, ¿tú estarías arrepentido de hacer pagar a alguien por los daños causados a tus seres queridos? No existe el famoso cielo o el infierno; más allá de este mundo no habrá quién lo juzgue o quién lo haga pagar por sus errores. Tuve que hacer todo por mi parte, y sinceramente no me arrepiento de nada. Bueno sí, de no haber prolongado su jodido sufrimiento por más tiempo.

La maldita ansiedad y la necesidad de hacerlo todo de una maldita vez fue lo que me arruinó la vida. Si no, hubiera jugado con él por más tiempo. Y ese es mi consejo, disfruta del momento, sea lo que sea que estás haciendo, no vale la pena que pierdas la oportunidad de hacerlo y sólo por apresurarte al hacer las cosas. Es más, hasta a la hora de comer el sabor más delicioso prevalece más tiempo en la boca de quien sabe degustarlo que en la de aquellos que sólo tragan por tragar.

Lo recibí en mi casa alrededor de las ocho de la noche. Él iba vestido con unos pantalones de mezclilla, una camisa azul y una cachucha negra. Se presentó en mi residencia con una sonrisa en sus labios y diciendo “me alegró que hayas abierto los ojos, gracias por haberme perdonado”.

¡Maldito inútil sin vergüenza! ¿Perdonar? Eso es de hombres débiles y en este mundo él débil no sobrevive. ¿Creyó que se iba a burlar de mí otra vez? ¡Pues no! Yo jamás le perdonaría las lágrimas en los ojos de mi hermana y mi madre, jamás le perdonaré la manera en que llegó a tratar a mi familia, jamás le perdoné ninguno de sus “errores” porque él no se lo mereció. Se arrepintió de todo en el lecho de su muerte, ¿gracioso, no? El hombre tiende a recordar todos los errores y todas las maldades que hizo hasta llegar a su muerte como si eso fuera a cambiarles el destino. ¡Qué idiotas somos! Debemos de aprovechar la vida, ¿de qué me sirve el arrepentimiento si en vida le causé desgracias a miles de personas o seres vivos? Eso no remedia nada, es como el hubiera, no existen, no sirven de nada.

La cena. Risas hipócritas. Música de fondo. Ansiedad apoderándose de su interior. Platicas inútiles sobre el pasado. Odio. Venganza. Más risas. Un apretón de manos. Un abrazo. Un te quiero de parte de él. Veneno. Desmayo. Una soga. La sala. Una foto.

−Dime algo, ¿ves esta foto? −lo miré y él intentó responder, pero la gasa dentro de su boca no se lo permitió− Tranquilo, no tienes que responder, eso adelantaría el destino que te tengo preparado. Por ahora calla y escucha −tomé un trago de tequila y proseguí−, a final de cuentas eso es lo que has hecho a lo largo de tu vida, callar y huir, callar y traicionar, callar y joder la vida de los demás. ¿Sabes cuánto tiempo esperé para tenerte así? Continuemos, mi amigo, en esta foto se puede ver a unos niños jugando a la pelota. ¿Reconoces a esos infantes? Son los mismos que te negaste a reconocer, a los cuales les diste la espalda cuando más te necesitaban. Ellos no pudieron hacerte pagar por todo ello, pero yo sí. Haré que sufras lo mismo que hiciste sufrir a tus hijos. ¡No! ¡Espera! Ellos no son tus hijos, porque como dicen, no es padre quien engendra sino él que cría, y tú no serviste para nada. Permíteme darte el primer de los castigos, esta será una noche que no olvidarás en esta vida ni en las que prosigan, o en la vida eterna, o como simple energía. Mira −me acerqué a un mueble y lo abrí para sacar de él una cadena de alambre de púas−, esta herramienta me ayudará contigo.

Un azote. Dos azotes. Sangre. Gemidos. Lágrimas. Diez azotes. Más sangre. Dolor. Cloro en las heridas. Cuerpo al borde de la muerte. Sonrisas. Risas. Euforia. Justicia. Un escupitajo en la cara. Una bofetada. Tirón de cabellos. Un botiquín. Curaciones en las heridas. Anestesia. Sueño profundo. Pasillo hacia el comedor.

−Dormiste mucho, ¿no que tan hombrecito?, entonces, ¿por qué no soportas los golpes de la vida? −prendí un cigarrillo y lo coloqué en mis labios para apagarlo en la piel de su oído− Para que veas que no soy tan culero, te curé las heridas porque te pusiste bien maricón y ya te me estabas muriendo. Y no, mijo, tienes que soportar al menos una noche y un día completo. ¿Sabes por qué te partí la madre con esa cadena? Así como yo te desgarré la piel, tú le desgarraste sus ilusiones a esos niños. ¿Sabes cuántas burlas soportaron por el hecho de que su padre los abandonó para irse con una piruja? Pues fueron más que los golpes que te metí. Pero bueno, también te preguntarás el por qué utilicé cloro en las heridas. Según tengo entendido, el cloro limpia y desinfecta, y eso intento contigo, desinfectar tu jodido cuerpo, limpiar la porquería de alma que tienes. A ver, pinche puerco, ve esta otra foto −le acerqué a la cara una foto donde estaba él y una tipa cuarenta años menor que él−, ¿te gusta joderte a viejas que no son más que unas niñas?, ¿no te da vergüenza? Era una mocosa, y por ella cambiaste tu vida. Te gustaba probar nuevas sensaciones y posiciones en el sexo, también amabas las drogas: cocaína, piedra, heroína, anfetaminas, marihuana, alcohol, foco, hongos, etc. ¿A eso le llamabas vida digna? Nunca pensaste en que tus hijos necesitaban un padre con quien hablar, a quien pedirle un consejo, o un maldito abrazo… Pues, te tengo una sorpresa. Les darás un abrazo, pero al mismo tiempo gozarás del mejor alcohol de todo México y del mejor sexo de tu vida.

Una botella de alcohol. Mango de escoba. Piel desnuda de los brazos. Unas pinzas. Un encendedor. Un cigarrillo en su boca. Risas. Lágrimas y risas. Gritos de odio. La pinza y una uña. La pinza y dos uñas. Gritos. Sangre. Agonía. Sudor frío corriendo por su frente. Uñas. Pinzas. Uñas. Pinzas. Dolor. Sangre. Sufrimiento. Risas. Veinte uñas en el suelo. Hombre a punto de desmayarse. Alcohol bañándole la piel de los brazos. Un encendedor. Piel quemada. Hombre inconsciente. Humo. Más humo. Más curaciones. El reloj. El comedor. Hombre despertando. Alcohol en su cara. Pantalones fuera. Ropa interior fuera. Mango de escoba hasta dentro. Gritos. Insultos. Esfínteres desgarrados. Llanto desesperado. Música a todo volumen. Tequila acompañando la alegría de su alma.

−No llore, no sea niña. ¿No que los hombres no lloran? ¿No decía esto? Pues, usted, actúa peor que un maricón. Pero, dígame, ¿para usted qué es un maricón? ¿Un hombre que gusta de otros hombres? No sea imbécil, maricón es usted. Los años siguieron pasando, y usted se convirtió en un fútil palurdo cada vez más inservible. Me gustaría castigarlo por cada mierda que hizo, pero se me acaba el tiempo y usted no durará mucho que digamos. Así que me daré prisa en cuanto a los planes que tenía para esta noche −saqué una navaja de mi pantalón y una foto nueva, comencé a hablar−. Hace unos instantes comimos aquí y dijimos un montón de hipocresías, tú sólo viniste por el dinero, no porque quisieras verme o reconciliarte conmigo. Aún me cuestiono por qué quisiste perforar en la vida de dos mujeres y arruinárselas por instantes. ¿Te sentías tan hombrecito como para tener hijos regados por doquier y así seguir de puto? ¿Recuerdas cuando te enteraste que tu hijo era homosexual? ¡Pinche teatro no hiciste! Si supieras que al menos él si era un hombre, hombre de esos que son responsables y racionales, de los que realmente valen la pena. Le dijiste que personas como él no debían de vivir, pero qué equivocado estabas, él que no merecía vivir eras tú. Él no dañaba a nadie, en cambio, tú no acababas de desgraciarle la vida a uno cuando ya estabas jodiendo a otro. ¿Qué? ¿No recuerdas? Te pondré de ejemplo al que dejaste invalido, a tu amigo del alma que dejaste abandonado, y todo porque ya no te servía de nada. Pero no te preocupes, ahora mismo pagarás por ello −me acerqué a él y le corté un oído de una sola vez, y escuché una hermosa melodía, un grito desgarrador, sin duda iba por buen camino−, ¿Sabes cómo? Dile adiós a todas tus extremidades.

Una sierra. Un pie. El otro pie. Ríos de sangre. Una mano. Otra mano. Un oído. Una pierna. La otra. Los brazos. Sangre. Más sangre. Sangre. Gemidos. Llanto. Muerte a punto de llegar. Desangre. Cuerpo a punto de quedar inerte. Camino de sangre. La habitación. Una foto.

−Y aquí terminaremos con todo. Ten −le coloqué una foto frente a él, que muy apenas y con mucho esfuerzo logró divisar−, es un regalo de mi parte. Una foto de tu familia, cuando prometiste cuidarlos y darles mucho amor. Más ahora es momento de despedirte…

Una pistola. Una bala. Un disparo. La cabeza. Muerte instantánea. Más sangre. Sangre en sus manos. Risa enfermiza. Lágrimas corriendo en sus mejillas. Nuevo comienzo. Adiós al pasado. Paz. Tranquilidad. Suspiros de plenitud.

−Adiós, papá…

Somníferos. Sueño. Una ambulancia. Los medios. Televisoras. Miles de noticias corriendo. Tristeza en una familia. La policía. Un juicio. Una sentencia. Libertad. Todo en orden. Todos se olvidan del suceso. Una nueva historia. Nadie recuerda o reclama al difunto. Venta de la casa. Compra de una mansión cerca del cementerio. Felicidad completa.

Mis lectores, me arrepiento de no haberme divertido por completo. No aproveché del todo la situación. Me hubiese gustado utilizar el método de tortura china, ese, el de la rata que devora los intestinos de su víctima. No obstante, no todo se puede en esta vida, hay tantos métodos de tortura que pude haber utilizado para asesinarlo, pero ya todo quedó atrás.

Ustedes se preguntarán, ¿olvidé a ese hombre? No, pero al menos ya no me jode la vida.

Sin más, les agradezco la atención que pusieron a lo largo del banquete de mi vida. El mejor festejo que he celebrado.

El fantasma de la manta. Dimitri Ives

Créditos de imagen: Pixabay

 

 

 Para Quesito Anónimo

T

odo comenzó en Aterrolandia, la ciudad donde vivían las creaturas más tenebrosas del mundo: fantasmas, magos, brujas, demonios, espíritus malvados, vampiros, duendes, hombres lobos, monstruos y todas aquellas criaturas fantásticas que aterran la mente de los niños. En Aterrolandia vivía una fantasma llamada Flor Bella que estaba embarazada y dio a luz a uno de los fantasmas más hermosos que el mundo conocería: el fantasma de la manta.

El día de su nacimiento marcaría una nueva etapa en la vida de su familia, se trataba de una creatura simpática y sonriente, cosa que lo distinguió desde un inicio. ¿Qué tipo de fantasma sería si parecía más bien un osito de peluche que una creatura del más allá?

Su hermano lo veía y se reía de él, porque siempre que este pequeñín intentaba asustar a alguien, terminaba por lograr el efecto contrario, los llenaba de ternura y por consiguiente se hacía amigo de sus “víctimas”.

Fue así como siguió pasando el tiempo, el fantasma seguía creciendo, pero nada cambiaba, él no se convertía en el espíritu aterrador que todos esperaban.

Un día el fantasma tuvo que ir por primera vez a la escuela de sustos y al llegar su maestra le dijo “Ey, pequeñín, esta es una escuela de fantasmas aterradores, no de fantasmas cariñositos. Deberías de intentar cambiarte de escuela, es por tu bien, aquí te puedes asustar”.

Nuestro fantasma no respondió nada, sólo tomó sus cosas y fue de regreso a casa. Pero al llegar escuchó una conversación entre su hermano y su mamá.

-Pero es qué, mamá, fantasmín no es bueno asustando. Me da vergüenza decir que es mi hermano.

-No digas eso, tu hermano será un excelente fantasma, sólo que necesita de crecer para serlo. Ya tendrá que ir aprendiendo a cómo asustar. Es más, tú deberías de enseñarlo.

-Yo no pienso enseñarlo, a mí nadie me enseñó. ¿Sabes por qué? Porque yo sí soy un buen fantasma, no un intento de ello.

Fantasmín Jesusín ya no quiso seguir escuchando. Se sintió muy triste de que su hermano pensara que él no era un fantasma, sino sólo un intento de serlo. Por lo que, nuestro fantasma creyó que lo mejor era irse para ya no avergonzar a su familia.

Tomó de nuevo su mochila y emprendió su nuevo viaje, ese viaje que lo llevaría a encontrarse a sí mismo. Pero, claro, él no lo sabía.

Este fantasmita caminó y caminó, todo el camino estuvo llorando y pensando que de esta manera hacía feliz a su familia. Él se sentía como un estorbo y por eso quiso huir. Caminaba y caminaba y su sufrimiento no olvidaba. Caminó y caminó y su corazón se rindió.

Pobrecito fantasmita, se sentía tan solo y abandonado, no tenía con quién jugar, con quién hablar, con quién reír ni a quién apapachar. Pobre fantasmita que creía que nada tenía sentido, que nadie lo quería, que no servía para nada…

Pobre fantasmita que caminaba y caminaba y de su casa se alejaba… Pobre fantasmita que no tenía nada que comer ni a dónde volver… Pobre fantasmita, tan chiquito y tan solo…

Fantasmín tomó una carretera que llevaba a Ternurilandia con la esperanza de encontrar a alguien que lo quisiera y lo comprendiera. Lo que no sabía era que el letrero estaba incompleto y en realidad se dirigía a Ternurilandia de los Horrores.

A lo largo de la vereda, todo el paisaje iba cambiando por uno más aterrador. Los árboles dejaron de ser frondosos para convertirse en árboles secos rodeados de arbustos espinosos. No había luz solar, sólo la luz de la luna lo acompañaba en su andar.

El viento soplaba y silbaba como si la muerte estuviera rondeando por este lugar. Los animales más hermosos eran las tarántulas y demás arácnidos que colgaban de la rama de los árboles. Los ríos contenían la sangre más espesa y caliente que poseía este mundo. La tierra compuesta por ojos de rana, y las piedras dientes de niños indefensos.

Se trataba de un sitio aterrador, pero el único espacio en el que Fantasmín se sentía seguro y sin miedo de ser criticado o rechazado por los demás. Siguió caminando y la noche lo inundó en completa oscuridad…

“Mamá, te extraño. Perdóname por no ser un buen fantasma. Espero que con mi partida seas feliz al igual que mi hermano”. Estás palabras iban resonando en la cabeza de Jesusín. De nuevo, él no sabía que su mamá estaba muy preocupada por él y lo estaba buscando en cada rincón de la ciudad.

Su mamá lo buscó en la escuela, en el jardín, en la biblioteca, en el parque, en la tienda de videojuegos, en el río, en el parque de diversiones, en las tiendas y supermercados, en todos los lugares. Su mamá lo amaba fuera como él fuera, puesto que ella lo quería por lo que era no por lo que otros dijeran.

Su mamá angustiada y llorando, estaba cansada y orando, ¿cómo fue que su pequeñín se perdió?, ¿cómo fue que su hijo desapareció de la nada?

¿Qué le habría pasado a Fantasmín? ¿Lo habrían secuestrado? ¿Lo habrían matado? ¿Lo habrían encerrado y ocultado?

La angustia carcomía el corazón de Flor Bella, el dolor le apuñalaba el pecho como el peor de los sufrimientos, la conciencia no la dejaba descansar… Dónde estaría este niño, dónde estaría este fantasma aventurero y de noble corazón.

Flor Bella notificó a la policía y entre todos se pusieron alertas para encontrar a este pequeño fantasma. Pero nadie imaginó que en esos momentos Jesusín estuviera en la casa de la bruja Margot, quien lo ayudaría a ser lo que él tanto deseaba.

-Entonces cuéntame tu historia… ¿Qué hacías tan solo en un bosque tan peligroso?

-Es que nadie me quiere porque no soy un fantasma aterrador.

-Pero, ¿te dijeron que no te quieren? Eres un fantasmita muy chiquito y muy bonito. ¿Quién se atrevería a decirte que no te quiere?

-Nadie me lo dijo… Pero mi hermano le dijo a mi mamá que yo le doy vergüenza…

-Pequeñito, hay ocasiones en las cuales los hermanitos se enojan entre sí y dicen cosas que lastiman al otro, pero que en sí no son verdad, sólo lo dicen porque están molestos.

-Pero…

- ¿Hiciste algo que hizo enojar a tu hermano?

-Sí, traté de ayudarlo a asustar a un adolescente terrestre, pero le arruiné el susto.

-Tal vez, por eso lo dijo. ¿Quieres que te ayude a regresar a casa? Tu familia debe de estar muy preocupada por ti.

-No quiero. Primero necesito convertirme en un fantasma aterrador o en alguna creatura que asuste.

- ¡Ya sé! ¿Quieres qué te ayude a asustar?

- ¿Cómo?

-Te daré una manta. Este pequeño pedazo de tela te ayudará a convertirte en todo aquello que tú desees, sólo necesitas pedirlo con muchas fuerzas y nunca rendirte por alcanzar tus sueños.

Jesusín recibió la manta de color rojo con dibujos de murciélagos como su ídolo Batman plasmados a lo largo de la tela. Miró aquel trapo y luego posó su mirada en la de la bruja. Le dijo “Gracias” y salió de la casa.

El pequeño salió y siguió su camino, caminó y caminó, cantó y cantó, a final de cuentas no todas las brujas son malas, pensó.

Después de tanto andar, llegó a la ciudad de los horrores. Al entrar en el lugar, buscó a Juanco, el ratón de los sueños. La bruja le había comentado, antes de que se fuera, que podría ir con este ratoncito para que le concediera un deseo, pero que a cambio él tendría que ayudarle a Juanco con alguna labor.

Juanco al saber que venía de parte de la bruja Margot, lo recibió con gusto y con alegría lo escuchó. “Mira, pide tu deseo, no es mucho lo que poseo, pero te lo daré de corazón, ayudar es mi razón”. Estas palabras hicieron que Fantasmín se sintiera más contento que nunca, y se puso a pensar qué es lo que pediría puesto que sólo tendría derecho a un deseo.

¿Qué desearé? ¿Qué es lo que quiero de corazón? No todos los días se presentan oportunidades como ésta. ¿Qué puedo hacer yo? ¿Qué es lo que me hará feliz? ¿Qué puedo, yo, pedir? Tal vez, podría pedir convertirme en humano…

A la mañana siguiente despertó y se encontraba en una habitación completamente distinta a la suya. Se levantó y notó que ya no era un fantasma. Ahora era un pequeño niño que estaba a punto de irse a la primaria.

Su madre lo abrazó y le dio de almorzar. Lo escuchó y se puso a cantar. ¡Qué hermoso es el amar de madre! ¡Qué hermosa es su manera de educar! ¡Qué hermosa es su manera de a sus hijos todo entregar! ¡Qué hermoso es poder a ellas adorar!

Jesusín se fue a la escuela. Se sentía feliz, se sentía completo, sentía que tenía un motivo para sonreír. Pero descubrió que a pesar de todo, extrañaba a su verdadera familia, extrañaba a su madre, extrañaba ser quien él era realmente.

Trató de distraerse y se puso a jugar pelota con sus nuevos amiguitos. Mientras juagaban futbol se dio cuenta de que había un niño que sólo los veía, pero que no se atrevía a acercarse para jugar. Entonces, Fantasmín corrió hasta él.

-Hola, mi nombre es Fantasmín Jesusín. ¿Quieres jugar con nosotros?

- ¿Fantasmín? Yo soy Meño Manuel, pero no sé jugar futbol. Yo no practico deporte… Soy pésimo en ello.

-Pero, ¿por qué lo dices?, ¿ya lo has intentado?

-Sí, pero no juego bien, nunca lo he hecho. Es por eso que los otros niños nunca me eligen en su equipo.

-No digas eso. Si quieres, yo te puedo ayudar a jugar futbol.

-Pero… Es que no voy a saber…

-Si no lo sigues intentando, nunca lo lograrás… Mis papás siempre me han dicho “él que persevera alcanza”. Así que no te des por vencido…

Fantasmín ayudó a Manuel a jugar futbol y logró que éste se convirtiera en uno de los mejores futbolistas del equipo de su escuela. Fue en ese momento en el que descubrió que a lo mejor para ser un buen fantasma sólo tenía que practicar y practicar.

No obstante, prefirió huir de su realidad y siguió siendo humano, a pesar de extrañar tanto su casa fantasmal.

Los días siguieron pasando, y él conoció a otro niño que era muy bueno en deportes, pero cuando se trataba de las matemáticas no podía hacer nada al respecto para mejorar. Fantasmín quiso hacer lo mismo que había hecho con su amigo Meño, y no lo logró.

Por más que su nuevo amigo se esforzara, no podía dominar esta ciencia exacta. Y en esta ocasión, descubrió otra cosa más… Tal vez, hay cosas que por más que nosotros queramos alcanzar, no lograremos… Pero está bien, tenemos otros talentos y eso es lo que nos hace únicos ante los demás.

Fantasmín estaba descubriendo los misterios y los secretos de ser único y especial, y fue así como anhelo regresar a ser un fantasma…

¡No! El desear ser humano sólo me alegrará a mí. Tiene que haber algo que me haga feliz, algo que me haga sentir completo…

¡FLASSSSSSSSSSSSSSHHHH! La manta se iluminó y el rostro del fantasma también. La cobija cambió de color para pasar a ser de un tono azul rey muy hermoso, convirtiéndose los murciélagos en pequeñas estrellas fluorescentes. Estaba decidido, su deseo era regresar a casa y volver en el tiempo para que nadie recordase que él había huido.

El ratoncito le cumplió su deseo y lo regresó a su ciudad en el momento en que la maestra le dijo que debería de cambiarse de escuela.

-Pero, maestra, ¿a dónde debería de ir a estudiar?

-Mira, pequeñín, no todos los fantasmas nacieron para asustar. Y eso está bien, porque si no, imagínate qué aburrido sería todo si todos fuéramos iguales. ¿Tienes algún talento en especial?

-Es que la verdad no sé… Me gusta mucho el ayudar a los demás, también me gusta hablar con las otras creaturas y hacerlos mis amigos.

-Mmm… Yo diría que tenemos que hablar con tus padres para buscar algo más en específico para que podamos recomendarte una escuela en especial.

Entonces, la maestra le llamó a su mamá y Flor Bella le comentó que el talento de su hijo se basaba en imaginar y crear cosas nuevas, por lo que le recomendaron la escuela de magia. Y sí, fue así como Fantasmín fue a la escuela de magia para convertirse en el fantasma mágico más importante de Aterrolandia.

Por otro lado, antes de que se convirtiera en un gran mago, habló con su hermano y le pidió perdón por arruinarle su susto al adolescente. Su hermano se sorprendió, pero lo perdonó, y al mismo tiempo le pidió perdón por haberse burlado de él por su defecto al aterrar personas.

¡Cómo cambian las cosas cuando uno las piensa! ¡Cómo cambia todo cuando hablamos de aquello que nos lastima! Todo era tan fácil como no huir de su casa y buscar un talento que lo hiciera distinto a los demás, porque a final de cuentas todos somos diferentes, unos somos buenos para algo y otros somos buenos para otra cosa.

Fantasmín lo comprendió, y también se enteró del dolor que le causó a su madre cuando huyo de su casa. Él se prometió a sí mismo que nunca más la lastimaría, porque a partir de ese momento sería valiente para hablar de lo que le daba miedo o tristeza para que lo ayudaran.

Jesusín llevaba su manta a todos lados para recordar todo lo que había pasado para llegar a ser un fantasma con cualidades de mago.

Y pasaba y pasaba el tiempo, y pasaban y pasaban los días, su vida estaba llena de alegría. Y pasaban y pasaban las noches, y se fueron los reproches. Todo continuaba, y el caminaba, todo cambiaba y él se lo esperaba.

Llegó el instante en que decidió ir a visitar a su amiga la Bruja Margot para agradecerle lo que había hecho por él. A final de cuentas, la manta lo acompañó hasta que se convirtió en un hechicero de gran categoría. Su sueño se había realizado.

Pero al llegar a la casa de la bruja, se encontró con la sorpresa de que nunca hubo una casa en ese bosque, ni nunca hubo una bruja de nombre Margot. Él no lo podía creer, así que fue en busca del ratón Juanco, pero este animalito había muerto la misma noche que él había salido de su casa hacia el bosque.

Todo era un misterio, entonces, ¿quiénes lo habían ayudado a encontrarse a sí mismo?

Se decidió por regresar a su casa, cuando en el camino a la ciudad vio a un pequeño duende llorando a lo largo de la vereda.

-Hola, amiguito. ¿Por qué lloras?

-Es que nadie me quiere y por eso me fui de mi casa.

- ¡Ey! ¡No digas eso! Eres un duende muy tierno que te parece sí…

Sin querer la historia se estaba repitiendo. Fantasmín ayudó al duendecillo a regresar a su casa y también le obsequió su manta que de nuevo había cambiado de color para ser de un verde intenso. El pequeño duende le agradeció la manta y le prometió que haría de todo para ser feliz y ser un buen duende que cumpliría sus sueños.

Jesusín descubrió que el misterio de la manta no era tanto que se la hubiese dado una bruja imaginaria, sino la fuerza que la tela le transmitía a quien la poseía para alcanzar sus sueños.

El fantasma Jesusín construyó su casa en el camino del bosque. Ahí podía ayudar a todos los niños que estaban tristes y que querían cumplir sus sueños. A todos ellos les daba una manta y les contaba su historia.

Fue así, como este pequeño fantasma se convirtió en EL FANTASMA DE LA MANTA, el fantasma más bueno que uno pudiese encontrar. Un fantasma que ayuda a quien lo necesita, un fantasma que te dice que lo mejor es luchar por tus sueños y ser feliz.

¿Quieres una manta? ¿Quieres luchar por tus sueños? Ve por el camino correcto y el fantasma de la manta te encontrará…