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El banquete. Dimitri Ives

 

Créditos de imagen: Pixabay

Él, el hombre poseedor de la sangre más espesa que he visto correr a lo largo del pasillo de mi habitación. Ese hombre que, en algún momento de mi vida simbolizó un ejemplo a seguir, se convirtió en otro número más dentro de mi colección de víctimas. Lamentablemente, a éste no pude darle un uso como a los otros. Los otros cadáveres de mi lista negra me servían como alimento al menos por dos semanas o como materia prima para producir distintas obras de arte como esculturas. Sin embargo, este hombre me daba tanto asco y me provocaba tanto odio y repulsión que lo menos que podía hacer por él era inhibirlo de su maldita existencia y así mejorar la mía. Se podría decir que me saldó cuentas pendientes del pasado, de cuando me convirtió en la porquería de ser humano que soy actualmente, cosa que, por otro lado, le agradezco. Pero bueno…

¿Cómo logré hacerme de su cuerpo dentro de mi casa? Él no podía ser más estúpido, o tal vez sí, no quiero asegurar algo que como fui aprendiendo a lo largo de mi vida, él superaba cualquier límite dentro del pendejismo humano.

No obstante, les decía, él no podía ser más estúpido, lo invité a cenar para hablar acerca de mis riquezas adquiridas con mi trabajo y esfuerzo y cómo es que estaba dispuesto a ayudarlo con una pensión. Él como todo hombre ambicioso (e ingenuo) aceptó inmediatamente mi propuesta.

Preparé todo lo mejor que pude, porque a final de cuentas, cenas como estas no se consiguen muy a menudo, y bueno qué decir de nuestro invitado especial, no muy seguido encuentras hombres de sesenta años a los cuales aborrezcas tanto al grado de querer borrarlos de la existencia.

Aunque ese es otro punto metafórico y una cuestión de cuestiones. ¿Nos libramos en algún momento de la existencia? Se supone que “la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma”, no recuerdo quién lo dijo, pero sí sé que es una de las reglas de la vida en este mundo. Entonces, ¿qué pasa con nosotros después de la muerte si somos energía y ésta sólo se transforma? ¿A dónde va dicha energía? ¿Seguimos vivos en cierta manera? O tal vez seguimos al pie de la letra la frase religiosa de “polvo eres y en polvo te convertirás”.

Da igual, me da coraje que su asquerosa energía siga por algún rincón del mundo, pero al menos ya no se verá materializada en un cuerpo pútrido como el suyo. Y es que, si llega a reencarnar (si es que eso realmente existe) me gustaría decirle “maldito viejo nauseabundo, jódete, púdrete, muérete o te mataré de nuevo. Pero, ¿sabes por qué quiero que te mueras, infeliz? Porque no sirves para nada, sino para cagarme la maravillosa vida que tengo”.

Estimados lectores, discúlpenme por favor, no quiero aburrirlos con mi odio sin aparente razón, pero estoy seguro que conforme vayan leyendo la historia se darán de cuenta del por qué aborrezco tanto a ese hombre. Sin embargo, por ahora me gustaría hablarles de los preparativos del banquete.

¿Han visto cómo se emocionan las mujeres con la preparación de sus bodas? ¿Los padres con los bautizos o graduaciones de sus chiquillos? ¿Los jóvenes cuando obtienen su título y sueñan en cómo prosperarán (que, en países como éstos, esos pensamientos sólo son sueños y sólo eso)? ¿Los papas cuando tendrán una maldita orgía? ¿Los pedófilos cuando hacen de la suya y se cogen un mocoso? Pues así de emocionado me sentía preparando todo.

Comencé por decidirme en el lugar indicado para llevar a cabo mis fechorías. Primero pensé que me gustaría alquilar una capilla y ahí mismo decapitarlo frente a un dios inexistente, pero me di cuenta de que era una estupidez, no vale la pena manchar el lugar sagrado para muchos creyentes con la sangre de un cerdo como éste. Luego pensé en hacerlo en un basurero, porque mierda como esta tiene que regresar de donde salió, pero la neta esto lo vi algo indecoroso para alguien como yo, o sea, ¿cómo habría de ensuciarme en un lugar así? Después pensé en hacerlo en la tumba de su madre, pero la vieja me caía bien, no valía la pena molestarla matando a su cabrón en el lugar del “descanso eterno”. Y así seguí eligiendo el lugar indicado, pero ninguno me satisfizo. Hasta que decidí que lo mataría en mi recamara.

Ustedes se preguntarán el por qué permití que una escoria como él estuviera dentro del lugar más sagrado para mí. Pues la respuesta es sencilla: quería que muriera frente a las fotografías donde él juraba que todo estaría bien, promesa que nunca cumplió.

Amigos míos, no se decepcionen. Tal vez el lugar de su muerte sea uno muy cliché, pero lo interesante sería la manera en que jugaría con él hasta que quedase sin vida. Pero estos juegos se los narraré cuando lleguemos a la parte del entretenimiento de mi fiesta nocturna.

Luego de decidir el lugar, me dispuse a elegir un banquete digno de la ocasión, necesitaba cenar como un dios y beber como si fuera el mismísimo Baco. Por otro lado, recordé la porquería que cenaría conmigo y pensé en dos platillos, el previo a la muerte y el post mortem. Mi cena con el invitado consistía en un típico mole oaxaqueño y de postre un tequilita exquisito. Y la cena para celebrar que mi empresa saldría a la perfección, sería lasaña a la boloñesa, carnes de distintos tipos, ensaladas (tenemos que guardar la forma y la apariencia de vez en cuando, ¿no creen?), acompañados del mejor vino y whiskey del mundo.

Por aparte, también pensé en la música de acompañamiento antes, durante y después de esta celebración. La música que compartiría con él en la comida sería de banda (porque mi invitado, el naco, con respeto a todos los que prefieren este género musical, ama este tipo de música con las putadas de narco corridos); durante su muerte sería algo que me hiciera sentir como en casa, sería un poco de rock clásico y rock pop, es decir, The runaways y Nirvana, y t.A.T.u. y Los bunkers. Más para terminar con el banquete un poco de música tranquila con Nickelback y Manuel Medrano. A pesar de esto, me gustaría saber qué música hubiesen elegido ustedes, pero supongo que ya tendré tiempo de hablar con ustedes en persona o través de epístolas que me llegarán directamente a prisión preguntándome sobre la “babosada” que ustedes creen que hice. Pero, díganme, ¿creen qué estaré en prisión por mi fechoría? No sean ilusos, no pierdan su tiempo, recuerden lo que decía el Sade, para el hombre rico no hay ley que valga. Así que evítenle la fatiga a la prisión de tener que remandar sus cartas a mi casa, y háganlo personalmente por favor, claro, si no es mucha molestia.

Ahora sí pasemos al entretenimiento. Pensé que el contratar sexo servidoras sería un gesto noble de mi parte, conociendo lo puto que era este bato. Lamentablemente, no lo hice, las prostitutas no merecen contagiarse una enfermedad con esta basura.

Así que me decidí por…

Estimado lector, a lo largo de este texto te darás cuenta de que no tengo censura alguna o remordimiento que me haga parecer arrepentido. Pero dime, ¿tú estarías arrepentido de hacer pagar a alguien por los daños causados a tus seres queridos? No existe el famoso cielo o el infierno; más allá de este mundo no habrá quién lo juzgue o quién lo haga pagar por sus errores. Tuve que hacer todo por mi parte, y sinceramente no me arrepiento de nada. Bueno sí, de no haber prolongado su jodido sufrimiento por más tiempo.

La maldita ansiedad y la necesidad de hacerlo todo de una maldita vez fue lo que me arruinó la vida. Si no, hubiera jugado con él por más tiempo. Y ese es mi consejo, disfruta del momento, sea lo que sea que estás haciendo, no vale la pena que pierdas la oportunidad de hacerlo y sólo por apresurarte al hacer las cosas. Es más, hasta a la hora de comer el sabor más delicioso prevalece más tiempo en la boca de quien sabe degustarlo que en la de aquellos que sólo tragan por tragar.

Lo recibí en mi casa alrededor de las ocho de la noche. Él iba vestido con unos pantalones de mezclilla, una camisa azul y una cachucha negra. Se presentó en mi residencia con una sonrisa en sus labios y diciendo “me alegró que hayas abierto los ojos, gracias por haberme perdonado”.

¡Maldito inútil sin vergüenza! ¿Perdonar? Eso es de hombres débiles y en este mundo él débil no sobrevive. ¿Creyó que se iba a burlar de mí otra vez? ¡Pues no! Yo jamás le perdonaría las lágrimas en los ojos de mi hermana y mi madre, jamás le perdonaré la manera en que llegó a tratar a mi familia, jamás le perdoné ninguno de sus “errores” porque él no se lo mereció. Se arrepintió de todo en el lecho de su muerte, ¿gracioso, no? El hombre tiende a recordar todos los errores y todas las maldades que hizo hasta llegar a su muerte como si eso fuera a cambiarles el destino. ¡Qué idiotas somos! Debemos de aprovechar la vida, ¿de qué me sirve el arrepentimiento si en vida le causé desgracias a miles de personas o seres vivos? Eso no remedia nada, es como el hubiera, no existen, no sirven de nada.

La cena. Risas hipócritas. Música de fondo. Ansiedad apoderándose de su interior. Platicas inútiles sobre el pasado. Odio. Venganza. Más risas. Un apretón de manos. Un abrazo. Un te quiero de parte de él. Veneno. Desmayo. Una soga. La sala. Una foto.

−Dime algo, ¿ves esta foto? −lo miré y él intentó responder, pero la gasa dentro de su boca no se lo permitió− Tranquilo, no tienes que responder, eso adelantaría el destino que te tengo preparado. Por ahora calla y escucha −tomé un trago de tequila y proseguí−, a final de cuentas eso es lo que has hecho a lo largo de tu vida, callar y huir, callar y traicionar, callar y joder la vida de los demás. ¿Sabes cuánto tiempo esperé para tenerte así? Continuemos, mi amigo, en esta foto se puede ver a unos niños jugando a la pelota. ¿Reconoces a esos infantes? Son los mismos que te negaste a reconocer, a los cuales les diste la espalda cuando más te necesitaban. Ellos no pudieron hacerte pagar por todo ello, pero yo sí. Haré que sufras lo mismo que hiciste sufrir a tus hijos. ¡No! ¡Espera! Ellos no son tus hijos, porque como dicen, no es padre quien engendra sino él que cría, y tú no serviste para nada. Permíteme darte el primer de los castigos, esta será una noche que no olvidarás en esta vida ni en las que prosigan, o en la vida eterna, o como simple energía. Mira −me acerqué a un mueble y lo abrí para sacar de él una cadena de alambre de púas−, esta herramienta me ayudará contigo.

Un azote. Dos azotes. Sangre. Gemidos. Lágrimas. Diez azotes. Más sangre. Dolor. Cloro en las heridas. Cuerpo al borde de la muerte. Sonrisas. Risas. Euforia. Justicia. Un escupitajo en la cara. Una bofetada. Tirón de cabellos. Un botiquín. Curaciones en las heridas. Anestesia. Sueño profundo. Pasillo hacia el comedor.

−Dormiste mucho, ¿no que tan hombrecito?, entonces, ¿por qué no soportas los golpes de la vida? −prendí un cigarrillo y lo coloqué en mis labios para apagarlo en la piel de su oído− Para que veas que no soy tan culero, te curé las heridas porque te pusiste bien maricón y ya te me estabas muriendo. Y no, mijo, tienes que soportar al menos una noche y un día completo. ¿Sabes por qué te partí la madre con esa cadena? Así como yo te desgarré la piel, tú le desgarraste sus ilusiones a esos niños. ¿Sabes cuántas burlas soportaron por el hecho de que su padre los abandonó para irse con una piruja? Pues fueron más que los golpes que te metí. Pero bueno, también te preguntarás el por qué utilicé cloro en las heridas. Según tengo entendido, el cloro limpia y desinfecta, y eso intento contigo, desinfectar tu jodido cuerpo, limpiar la porquería de alma que tienes. A ver, pinche puerco, ve esta otra foto −le acerqué a la cara una foto donde estaba él y una tipa cuarenta años menor que él−, ¿te gusta joderte a viejas que no son más que unas niñas?, ¿no te da vergüenza? Era una mocosa, y por ella cambiaste tu vida. Te gustaba probar nuevas sensaciones y posiciones en el sexo, también amabas las drogas: cocaína, piedra, heroína, anfetaminas, marihuana, alcohol, foco, hongos, etc. ¿A eso le llamabas vida digna? Nunca pensaste en que tus hijos necesitaban un padre con quien hablar, a quien pedirle un consejo, o un maldito abrazo… Pues, te tengo una sorpresa. Les darás un abrazo, pero al mismo tiempo gozarás del mejor alcohol de todo México y del mejor sexo de tu vida.

Una botella de alcohol. Mango de escoba. Piel desnuda de los brazos. Unas pinzas. Un encendedor. Un cigarrillo en su boca. Risas. Lágrimas y risas. Gritos de odio. La pinza y una uña. La pinza y dos uñas. Gritos. Sangre. Agonía. Sudor frío corriendo por su frente. Uñas. Pinzas. Uñas. Pinzas. Dolor. Sangre. Sufrimiento. Risas. Veinte uñas en el suelo. Hombre a punto de desmayarse. Alcohol bañándole la piel de los brazos. Un encendedor. Piel quemada. Hombre inconsciente. Humo. Más humo. Más curaciones. El reloj. El comedor. Hombre despertando. Alcohol en su cara. Pantalones fuera. Ropa interior fuera. Mango de escoba hasta dentro. Gritos. Insultos. Esfínteres desgarrados. Llanto desesperado. Música a todo volumen. Tequila acompañando la alegría de su alma.

−No llore, no sea niña. ¿No que los hombres no lloran? ¿No decía esto? Pues, usted, actúa peor que un maricón. Pero, dígame, ¿para usted qué es un maricón? ¿Un hombre que gusta de otros hombres? No sea imbécil, maricón es usted. Los años siguieron pasando, y usted se convirtió en un fútil palurdo cada vez más inservible. Me gustaría castigarlo por cada mierda que hizo, pero se me acaba el tiempo y usted no durará mucho que digamos. Así que me daré prisa en cuanto a los planes que tenía para esta noche −saqué una navaja de mi pantalón y una foto nueva, comencé a hablar−. Hace unos instantes comimos aquí y dijimos un montón de hipocresías, tú sólo viniste por el dinero, no porque quisieras verme o reconciliarte conmigo. Aún me cuestiono por qué quisiste perforar en la vida de dos mujeres y arruinárselas por instantes. ¿Te sentías tan hombrecito como para tener hijos regados por doquier y así seguir de puto? ¿Recuerdas cuando te enteraste que tu hijo era homosexual? ¡Pinche teatro no hiciste! Si supieras que al menos él si era un hombre, hombre de esos que son responsables y racionales, de los que realmente valen la pena. Le dijiste que personas como él no debían de vivir, pero qué equivocado estabas, él que no merecía vivir eras tú. Él no dañaba a nadie, en cambio, tú no acababas de desgraciarle la vida a uno cuando ya estabas jodiendo a otro. ¿Qué? ¿No recuerdas? Te pondré de ejemplo al que dejaste invalido, a tu amigo del alma que dejaste abandonado, y todo porque ya no te servía de nada. Pero no te preocupes, ahora mismo pagarás por ello −me acerqué a él y le corté un oído de una sola vez, y escuché una hermosa melodía, un grito desgarrador, sin duda iba por buen camino−, ¿Sabes cómo? Dile adiós a todas tus extremidades.

Una sierra. Un pie. El otro pie. Ríos de sangre. Una mano. Otra mano. Un oído. Una pierna. La otra. Los brazos. Sangre. Más sangre. Sangre. Gemidos. Llanto. Muerte a punto de llegar. Desangre. Cuerpo a punto de quedar inerte. Camino de sangre. La habitación. Una foto.

−Y aquí terminaremos con todo. Ten −le coloqué una foto frente a él, que muy apenas y con mucho esfuerzo logró divisar−, es un regalo de mi parte. Una foto de tu familia, cuando prometiste cuidarlos y darles mucho amor. Más ahora es momento de despedirte…

Una pistola. Una bala. Un disparo. La cabeza. Muerte instantánea. Más sangre. Sangre en sus manos. Risa enfermiza. Lágrimas corriendo en sus mejillas. Nuevo comienzo. Adiós al pasado. Paz. Tranquilidad. Suspiros de plenitud.

−Adiós, papá…

Somníferos. Sueño. Una ambulancia. Los medios. Televisoras. Miles de noticias corriendo. Tristeza en una familia. La policía. Un juicio. Una sentencia. Libertad. Todo en orden. Todos se olvidan del suceso. Una nueva historia. Nadie recuerda o reclama al difunto. Venta de la casa. Compra de una mansión cerca del cementerio. Felicidad completa.

Mis lectores, me arrepiento de no haberme divertido por completo. No aproveché del todo la situación. Me hubiese gustado utilizar el método de tortura china, ese, el de la rata que devora los intestinos de su víctima. No obstante, no todo se puede en esta vida, hay tantos métodos de tortura que pude haber utilizado para asesinarlo, pero ya todo quedó atrás.

Ustedes se preguntarán, ¿olvidé a ese hombre? No, pero al menos ya no me jode la vida.

Sin más, les agradezco la atención que pusieron a lo largo del banquete de mi vida. El mejor festejo que he celebrado.

El sendero del diablo (Dimitri Ives)

Créditos de imagen: Pixabay

 

El reloj daba las tres de la madrugada en punto. Para unos, esta es la hora maldita en la que los fantasmas y los demonios salen de su escondite; pero, para otros, sólo se trata de una hora más del día. Esta última opción era mi caso, me levanté de la cama, me dirigí al baño, lavé mi rostro y me peiné.

Posterior, caminé lentamente hacia la cocina para prepararme un café. Revisé de nuevo la hora en el reloj, no pasaban de las tres y media. ¿Sería ese el momento indicado para sentarme a escribir lo que se suponía mi “primera” novela?

No, no lo era. Lo mejor sería que tomara un libro y me pusiera a leer, o quizá sería la hora adecuada para salir a caminar a los alrededores de mi casa. Quién sabe si entre las sombras y las penumbras pudiese encontrar aquello que estaba buscando desde hacía tiempo: un motivo para morir.

Salí de casa con una sudadera color tinto. Caminé de una acera a otra, de una calle a una avenida y de ahí a un callejón. Hice zigzags, exploré vecindarios aledaños a mi hogar. Así fue como llegué a ese camino que se encontraba a las afueras de la ciudad.

De lejos pareciera un lugar poco transitado, una vereda que se tornaba escalofriante por las ramas de los árboles y las espinas de las plantas, ya secas por el invierno. Traté de acercarme un poco, mi piel se erizó, sonreí tontamente ante tal reacción de mi cuerpo, moví la cabeza de un lado a otro en manera de negación y me di ánimos para dirigirme hacia allá.

Llegué a la entrada. Por mi lado derecho había un viejo letrero tallado en madera en el que se podía leer un mensaje desgastado por el tiempo: “El sendero del Diablo”. Mientras que, a mi lado izquierdo, había una piedra gigante que podría servir de banco a quien lo necesitara.

No le di importancia a nada de esto. Comencé a caminar por dicho lugar. Mi memoria, como la de cualquier persona que se siente expuesta ante el peligro, inició a recordar aquellas viejas historias que me contaba mi madre antes de dormir tratando de prevenirme de alguna desgracia.

Allá, a lo lejos hay un camino: El sendero del diablo. Cuídate de ir ahí porque las personas que entran no logran salir y, si lo hacen quedan malditas de por vida… ¿Sabes lo que pasó con Martín el tuerto? Se dice que el hombre siempre se pasaba de maldito con las muchachas y las obligaba a acompañarlo a aquel lugar. Ya ahí, el tipo todo borracho comenzaba a golpearlas hasta matarlas. ¿Recuerdas que te he hablado de mi amiga María? ¡Pues ella fue una de sus víctimas! Si tan sólo supieras, mija. ¡Al menos se le descubrieron treinta muertitas!, pero eso no es todo, se dice que también llegó a comer parte de las extremidades de las chicas.

Con el fresco de la noche y estos pensamientos rondando por mi cabeza me vino una idea, ¿y si hiciera una novela que hable de un caníbal? El típico matón con buen gusto en vinos, un hombre capaz de seducir a cualquier mujer para después llevarla a su casa a las afueras de la ciudad donde terminaría por desollarla. El ambiente podría ser como el que se tiene en las películas de terror o de suspenso. ¿Y qué tal que se tratara de un alto funcionario? El asesino inesperado…

Un sendero. El viento chiflando. Luna llena en lo alto. Nubes negras. Unos pasos agitados. Gritos. Una dama tratando de huir. Un asesino enfurecido. Ir y venir de un hacha. Una rama caída. Un tronco partido por mitad. Llanto. Golpe casi perfecto. Arriba. Abajo. Una gota de sangre. Un charco de sangre. Una extremidad por aquí y otra más por allá.

Seguí caminando perdida entre pensamientos extraños, cuando de repente a lo largo del camino noté pequeñas gotas de sangre que se dirigían a las plantas aledañas al camino. Di un pequeño brinco, mi corazón se aceleró. De repente un silencio total se hizo presente. Ni siquiera el cantar de los grillos me acompañaba.

Sin embargo, seguí caminando, aunque debo de confesar que lo hice de manera más apresurada. Hasta que a la mitad del sendero me encontré con un hoyo que estaba cubierto con una cruz de madera y rodeado con un montón de piedras que simulaban una pequeña barda.

Un sudor helado bañó mi rostro. El demonio se encantaba de semejantes atrocidades, disfrutaba el correr de la sangre y quería marcar ese territorio como propio. Fue un dieciséis de agosto cuando Martín le vendió su alma al diablo con tal de quedar siempre protegido para cometer sus asesinatos.

Ahí, en el fondo de aquel pozo se abrió la puerta al infierno. Un lugar que se adueñaba de los ecos y los embriagaba con el frío de la muerte. ¿De qué me servía pasar saliva? Todo era un viejo cuento para asustar niños, una leyenda más “sin pies ni cabeza”, y ese lugar no pasaba de ser un viejo pozo.

Tragué saliva de nuevo y seguí en línea recta. Mi corazón seguía latiendo como si hubiera corrido por más de dos horas. Mi respiración era agitada, poco a poco la fuerza de mi cuerpo se fue desvaneciendo.

No sé exactamente qué sucedió. Desperté y como era mi costumbre, revisé el reloj: marcaba las tres de la madrugada en punto. Me tallé los ojos, no lo podía creer. Si tan sólo unos minutos antes eran las tres cincuenta y cuatro.

Observé mi alrededor, no era mi casa. Se trataba de ese viejo sendero. Para cualquier dirección en la que mirara, me topaba con ramas de árboles y pasto. Traté de levantarme, noté que me dolía la cabeza, llevé una de mis manos a la nuca y me percaté de una humedad entre mis dedos: sangre.

Cada vez estaba más confundida. Desde ese día se convirtió en la vereda del diablo. Ahí, las mujeres jóvenes encontraban su perdición, eran seducidas por un guapo caballero enviado por el maligno. Él haría de todo para convencer a estas mujeres de quedarse, y en el pozo habría de ahogarlas para apoderarse de sus almas y entregárselas a su patrono: Lucifer.

Por fin despiertas, dormilona. ¿Eh? Reconocí en él a Ángel, un amigo mío que me gustaba demasiado. Ya me habías preocupado, con eso de que te resbalaste por ir bromeando. ¿Resbalarme? ¿No lo recuerdas? Yo, yo venía caminando sola. ¿Sola? Veníamos juntos porque según tú querías enseñarme este viejo pozo, el lugar del que te inspiraste para hacer tu novela. ¡Yo no he escrito ninguna novela! ¡Ya deja de jugar y mejor muéstrame tu cabeza! ¡Aléjate! ¡Cálmate, Martina! ¡Tú no eres Ángel! ¡Tú eres el hombre de la leyenda! ¿Cuál leyenda? ¡Espera! ¿Estás hablando de la historia del sendero?

Ese ser, disfrazado de hombre, tratará de convencerte de quedarte, de que todo está bien y cuando te des cuenta de que nada de lo que está diciendo es real, él enfurecerá y te maldecirá, ¡tienes que huir de ahí! ¡Escapa! ¡Escapa porque no habrá marcha atrás!

Forcejeo. Gotas de lluvia. Gritos. Rasguños. Tormenta avecinándose. Granizo. Una roca. Un cráneo roto. Un cuerpo cayendo por el pozo. Neblina. Viento enfurecido. Risas. Llanto. Gritos. Sangre. Almas atormentadas bailando alrededor del sendero. Y, allí, los dieciséis de cada mes, sentada sobre la gran piedra, una anciana enloquecida que pide limosna invitándote a recorrer aquel sendero mientras te narra su novela, en la que no importa si de mujer o de hombre se trata, cuando de la muerte y las maldiciones del alma se habla.