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Melisa. Obra dramática en seis partes (David Trozos)

 



Camila: Me quisiste tanto que me dejaste esperando por ti sin decir ni una sola palabra. Me quisiste tanto que sólo te esfumaste y te llevaste contigo parte de mí. ¿Acaso te preguntaste cuántas noches pasé en vela por ti?

Melisa: Tú sabías que yo la amaba, y a ti te quería. No tenía por qué explicarte nada más. Intenté salvar mi relación. Tenía que alejarme, comprender qué era lo que sentía.

 

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MELISA. Obra dramática en seis partes. David Trozos 


 

Saltar un perro, saltar al precipicio (David Trozos)

 

Créditos de imagen: Pixabay

 
Esa mañana me desperté más temprano que de costumbre. Un día antes se me había ocurrido la idea de salir a caminar a los alrededores de mi casa. Una serie de caminos pedregosos y solitarios me rodeaban. Brechas de tierra suelta, cercas de alambre de púas y una que otra araña juguetona en el pastizal. Ese día el sol se encargaría de quemar cada parte de mi ser, centímetro a centímetro, así como las moléculas de polvo cubrían mis pies con cada paso torpe que las invocaba cuales torbellinos. Llevaba conmigo únicamente una mochila negra. Dentro de esta cargaba con una botella de agua y otra de tequila, un lonche de jamón, mi libro favorito y una cajetilla de cigarros. Sin embargo, en mi mente el pensamiento de que había olvidado algo importante se repetía constantemente. ¿Se trataba de un augurio?, ¿un presentimiento?, ¿o de la ansiedad que me consumía? Luego de caminar por una hora, me topé con un árbol de mezquite tan enorme que proyectaba una sombra acogedora. Me acerqué hasta llegar debajo de él, elegí el lugar más apropiado y me senté. Coloqué a un lado mi mochila y saqué la cajetilla de cigarros. La extrañaba, esa era la única razón por la que caminaba sendero tras sendero. La buscaba en los lugares que sabía que no podría encontrarla. Fumar ya no era un placer, sino la rutina que había heredado de mi relación con ella. Primero era un cigarrillo, ahora es una cajetilla por día. Un cigarro al despertar, sobre la cama las cenizas manchan la almohada. Otro después de desayunar, humo que ahoga la cocina. Uno más en el transcurso al trabajo, quemadura en el labio inferior. Este día, la mañana sería un obsequio de mí para mí. Necesitaba despejar la mente. Ponerla en blanco. Recordar quién era y qué era lo que quería apenas hacía unos cuantos meses. Un árbol, un buen libro y un brindis para olvidar. Mi reloj marcaba las nueve de la mañana en punto. A esa hora, ella estaría llegando a la oficina. En ese instante yo debería de estar firmando un contrato para el trabajo de mis sueños. En cambio, mi corazón y mente me trajeron a un lugar alejado, a renunciar a todo y a querer seguir sin nada. Ella se fue sin dejar explicación, pero ya lo esperaba. Todo era tan similar a leer un libro: lo abres, te encariñas con él, aunque al final sabes que habrá de terminar en algún momento. Ya no tengo que mirar atrás. Los pasos que doy van más allá de lo que puedo esperar de los vagos recuerdos e ilusiones. Frente a mí, observé que todo el camino estaba repleto de cascajo. A lo mejor y pronto habrían de pavimentar el lugar. O, tal vez, el proyecto quedaría incompleto, como esas historias que nunca se terminan de escribir. Las piedras eran entre grisáceas y negras. Además, había uno que otro fragmento de cantera rosada. No obstante, más allá de esto no se podía encontrar nada interesante. Este camino era uno de esos rincones olvidados por las personas e incluso por el mismo demonio. El celular comenzó a vibrar. En la pantalla percibí un número “desconocido” que conocía muy bien. Era ella. No me era extraño recibir llamadas suyas en los momentos menos apropiados. Siempre adivinaba lo que pasaba por mi mente. Por mi parte, destapé la botella de tequila y bebí un trago por cada segundo que la pantalla del teléfono se alumbraba con su número. El líquido quemaba toda mi garganta hasta llegar al estómago. Su trayecto se sentía caliente con el sabor a agave que contenía uno que otro toque de madera. Quería responder a su llamada, hacerle saber que aquí estaba para ella. Sin embargo, algo había cambiado cuando dijo que me quería, pero no quería nada de mí. Mi amor para ella era como un chocolate, a ella le encantaba el chocolate, pero sólo lo aceptaba cuando ella lo deseaba, el resto del tiempo fingía odiarlo y prefería las paletas de tamarindo. Encendí otro cigarrillo. La punta transmutó hasta hacerse negra con toques grises y blancos cubriendo lo naranja de la llama. Mis dedos olían a tabaco, mi ropa apestaba a nicotina. Por más que me lavara, mi cuerpo ya tenía un hedor característico, el de la soledad y el vacío. Presté un poco más de atención a mi alrededor, percibí la estridulación de un grillo que estaba cerca mío. Estridente y estridulación, palabras que aprendí en primaria cuando un maestro me regañó por decir que un grillo cantaba cuando ni siquiera cuerdas vocales tenía. Pequeños recuerdos sin sentido y que a nadie le interesan. No obstante, son de esas cosas innecesarias de las cuales no nos podemos desprender ni con el pasar de los años. No me gusta el sonido de los grillos. Es el eco de un timbre que te puede volver loco. Nadie estaría feliz de escuchar ese chillido por más de veinticuatro horas seguidas. Al igual que nadie, por más amigo tuyo que sea, sería capaz de aguantar tu llanto por días seguidos cada que te parten el corazón por las malas decisiones que tomas. Yo siempre me consideré un artista de vocación. Desde pequeño me di cuenta de que poseía una sensibilidad algo elevada en comparación con otros compañeros de mi edad. Amaba el color de las flores, la textura de las rocas, el olor de la comida y el trinar de las aves. Amaba lo que estos pequeños detalles me hacían sentir, lo que provocaban en mí. Pero nunca, nunca me gustó el sonido de los grillos… y, en ocasiones, ella era como un grillo que me sacaba de mis casillas, me frustraba, me molestaba con su indecisión, me lastimaba al entrar desde mis oídos hasta el corazón. Estar sentado a la sombra de un árbol anteriormente podía ser una de las mejores sensaciones. Pero, ahora no paso de lamentarme y pensar en ella. En sus caricias, en su rostro, en su cuerpo. En su piel blanca y las pecas de su rostro. En lo rojizo de sus cabellos. En mi deseo de tenerla y entregarle todo de mí, así como en las novelas románticas del siglo XIX. El cigarrillo se apagó sin siquiera terminarlo. Lo observé. Era mi representación más exacta. Un cigarrillo que todavía tiene mucho por ofrecer, pero que ahora se encuentra apagado y sin la esperanza de que nadie le dé fuego. Vi un perro caminar hacia mí. Se acercó a pasos lentos, cortos, con la mirada fija en la mía. Se trataba de un ejercicio de confianza. Por fin, cuando estuvo cerca mío, me olfateó en un intento de descubrir mis intenciones. Agitó su cola de un lado a otro, se sentía bien en mi compañía, pasé el primer filtro. Acaricié su pelaje. Observé su mirada tierna, de consolación. Encontró en mí al amigo que antes no había descubierto en nadie más. Con su lengua lamió mi mano. Yo le di mi lonche de jamón, a él le haría más provecho que a mí. Recuerdo cuando la miré por primera vez. En esa época yo era un hombre completo, con expectativas y esperanzas. No necesitaba nada más que una cámara, una pluma y un trozo de papel. Un hombre puede ser feliz con tan poco, pero pocas veces se conforma con ello, o al menos no se da cuenta de esto. Ella caminaba por la misma acera que yo. Tenía la mirada fija en su teléfono celular. Nada lograba captar su atención. Su rostro poseía una mueca lastimera, ¿preocupación?, ¿tristeza?, ¿decepción? Era una mujer muy hermosa, lástima que se le veía tan absorta e indiferente a lo que pasaba a su alrededor. Detuve mi caminar. A una distancia prudente pude observar cómo era que ella tropezaba con un brinco que yacía sobre la banqueta. Su celular salió volando hacia la calle y la botella de agua que llevaba en la otra rodó hasta mí. La levanté y me acerqué a ella con el pretexto de entregársela. Su piel blanca se tornó rosada. Sus oídos se veían rojizos. La mueca de su cara, el reflejo de la pena. Le sonreí. “¿Estás bien?”, pregunté cortésmente. Ella asintió. Agarró su botella y checó su celular. Pese a la caída, estaba prácticamente intacto. Sentí su lengua por todo mi rostro. Desperté en ese mismo instante, todo fue un sueño, el de un viejo recuerdo que no habré de recuperar, y que cada vez que lo invocó pierde una parte de sí. El perro me veía atento. Esperaba una respuesta de mi parte. Quería mi atención. Lo abracé y comencé a contarle mis penas. Me sentía como si fuera el cochero del que hablaba Antón Chéjov en su cuento “La tristeza”. Hombre lastimero que busca el consuelo y la escucha de una persona. Sin embargo, la empatía la recibe de un animal que es el único capaz de prestarle su atención y cariño. ¿Hace cuanto mi pecho grita su nombre con dolor?, ¿hace cuánto tiempo no sé cómo deshacerme de la necesidad de verla, tocarla, sentirla?, ¿hace cuánto me perdí tratando de buscarla?, ¿hace cuánto estoy huyendo de ella y de mí?, ¿hace cuánto deseaba que se fuera para irme a su vez? Tomé un trago de tequila. Encendí otro cigarro. Mis pensamientos giraban en torno a dos cosas que ocupaban mi cabeza: el anhelo de encontrarla y el deseo de morir. El primero resultaba más difícil de llevar a cabo que el segundo. No obstante, para el segundo no tenía las agallas. “Trato de adormecer eso que atormenta mi pecho”, le dije al cachorro. Él me miró con esos ojos inocentes que sólo pueden encontrarse en los animales. Se acurrucó cerca mío y fingió dormir. Mi celular se alumbró de nuevo. Era ella. De nuevo. Cuando era un niño, mi padre solía decir que uno nunca debía pasar por encima de un perro porque eso provocaría que uno perdiera su camino. Era un hombre que se sugestionaba fácilmente. Creía en tantos augurios que yo lo juzgaba de loco. Así que, en la rebeldía adolescente llegué a saltar sobre muchos perros. Una y otra vez. Era mi manera de desafiar ese destino imposible de evadir. Mi padre cuando me veía me regañaba, me gritaba un montón de cosas. Era su manera de preocuparse por mí, al menos era lo que decía él. Me tomé el resto del tequila que quedaba en la botella. Encendí otro cigarrillo. Lágrimas caían silenciosas, unas sobre el pelaje de mi nuevo amigo, otras, sobre la tierra en la que me encontraba sentado. La culpa no era de ella. Ni de la casualidad de habermela encontrado. El problema siempre fui yo con mi dependencia y apego emocional que surgían igual de rápido que este vacío que me hace sentir cada vez más miserable. Ese día no tuve miedo. Le pedí su número de teléfono. La invité a salir. Pasados los días tomamos un café juntos. Las noches se convirtieron en un constante intercambio de pensamientos. Hasta que ella decidió, lo eligió a él sobre mí. Aunque la psicóloga dice que no debo tomarlo personal, que no fue sobre mí, sino porque cada quién es diferente y esa diferencia era lo que ella estaba buscando para complementarse. Salté una y otra vez sobre distintas posibilidades. Hice miles y millones de malabares para que ella se fijara en mí. Le entregué de todo. El error fue estar siempre disponible, cuando no se trataba de nosotros, sino de lo que ella necesitaba. Cada que saltaba tratando de sujetarla, me perdía a mí mismo y no me daba cuenta de ello. Un mareo entorpeció mis movimientos. Me levanté como pude. Mi amigo peludo levantó la cabeza hacia mí. Una tonta idea se apoderó de mi mente. ¿Y si lo brincaba como lo hacía con otros perros en mi infancia? Lo salté. El perro me miró asustado, creyó que lo lastimaría. De pronto, corrió a lo largo del sendero hasta que lo perdí de vista, se había escondido. Yo, tambaleante, comencé a caminar sin rumbo. Bajo aquel mezquite dejé mis pertenencias. Ya no quería saber nada de lo que me rodeaba. Esa mañana le haría frente a mi destino. Caminé y caminé. Entre más se acercaba la hora del mediodía, el sol era cada vez más insoportable. Un amigo en el trabajo me había comentado que para una persona que sufre de depresión es recomendable que salga a la luz solar para recibir vitamina D que le ayudará en su producción de dopamina. ¿Verdad? ¡Mentira! Al menos en mi caso. No importaba el sol, el aire o las estrellas. Lo mismo me daba el polvo de esta caminata que el de la ceniza de los cigarros en las sábanas de la cama. Mis ganas de llorar eran cada vez más difíciles de ignorar. Lloraba en la ducha, al acostarme a dormir, al despertar, mientras preparaba la comida, cuando me dirigía al trabajo, al pensar en ella y al escribirle un mensaje, lloraba con la psicóloga y con mis amigos, con desconocidos y familiares. Seguido del llanto llegaban las ganas de tomar. De adormecer mi cuerpo y mis sentidos. Una cerveza siempre me llevaba a otra. Esa otra me llevaba a una más y así hasta que terminaba tirado en el suelo vomitando o a punto de hacerlo. En una fracción de segundo pisé mal una piedra. Me torcí el tobillo y caí. Frente a mí estaba un puente y bajo este un barranco que desembocaba en un río. Me levanté como pude. Me paré sujetado de la barandilla de protección. Salté. Brinqué al vacío, por fin había encontrado el camino de regreso a casa, a la tranquilidad que tanto anhelaba. Quizá salté tantos perros en mi infancia y por eso el destino se había aferrado en hacerme perder el camino cuando me crucé con la mirada de aquella mujer pasajera. Pagué mi rebeldía con mi falta de ganas por vivir. Y, allá, bajo el mezquite, un perro miraba concentrado la pantalla de un teléfono que se alumbró con un mensaje: “te quiero, quiero verte, por favor”.

Sin título (David Trozos)

 


 Créditos de imagen: Pixabay

Ese día el camino a casa le pareció más largo de lo habitual. Estar encerrada entre esa multitud de personas le provocaba una sensación de inquietud. Su pecho estaba oprimido, le faltaba aire, lo único que pensaba era bajarse de ese autobús en algún lugar desconocido. Caminar a la orilla de la carretera y gritar hasta quedar afónica.

“Quererte escapa de mis capacidades”, pensó. Lágrimas aparecieron en sus ojos. Trató de disimularlo y despistar sus pensamientos lejos de una despedida dolorosa.

Esa mañana lo había decidido, después de abrazarla, pensó que sería la última vez. No se lo había dicho, ni quería hacerlo. Sólo tomaría sus palabras y las guardaría en un cuaderno para no dejarlas escapar nunca más.

Nada podría ser lo mismo. Ella ahora tenía su piel tatuada en la suya, la sonrisa tras un beso en la mejilla. El pulso acelerado, el corazón pausado por la confusión entre un hoy sí, mañana no, pasado quién sabe.

El cansancio era evidente en las ojeras de su rostro. Noches de insomnio. La desesperación de depender de una espera que le resultaba interminable. Su estómago lo resentía. La comida ya no le apetecía sin sentir un ardor o nauseas indescriptibles.

Esa mañana tomó su teléfono y escribió un mensaje. “Te querré siempre y hubiera hecho de todo porque tú a mí, pero ya no puedo más”. Estaba a punto de enviarlo. Sus dedos temblaron. La indecisión le causó aún más angustia.

¿Qué significarían esas palabras?, ¿un adiós definitivo después de todo? Se había enganchado, de nuevo, tenía un problema. ¿Realmente estaba dispuesta a decir adiós?

En el fondo sabía que ella era quien realmente necesitaba de la otra. Se había identificado tanto con ella que ya no sabía divisar entre el límite de lo que podía hacer y lo que debería de permitir.

Llegó a su parada, bajó del camión. Sujetó de nuevo su teléfono. Borró el mensaje. Cambió de decisión. Se aferraría tanto a ella así y eso le costara la poca estabilidad que le quedaba.

Se sentía destruida, pero al menos ella la regresaba a la vida por momentos. No importaba lo que sucediera. Ese sólo era el inicio de semana.

 

Microcuentos. David Trozos

 

SECRETOS DE LA NOCHE

La oscuridad se vestía con las gotas de noche. La luz se agotó en los ecos del pasado. Ella tenía que continuar su camino sin mirar atrás.

 

EL FINAL

La metamorfosis inició cuando la sangre bañaba los senderos de la vida. La muerte había brotado en aquella sonrisa.

 

UN ROMANCE

Él abrió los ojos, estaba soñando. Su mirada se encontró con la de ella. Se trataba de una nueva historia.

 

EL BOCETO

La luz de las velas era su único testigo. Aquel boceto tenía el rostro de la inspiración del artista. El boceto era el tatuaje de su primer amor.

 

CRUCE DE CAMINOS

Ella jamás imaginó que el horizonte se componía de un color café oscuro. Él siempre pensó que la luz venía del sol. Mas el sol era ella y el horizonte era él.

 

CACHORRO SIN VIDA

Ladraba todas las noches. Aullaba de día. Su mundo era a blanco y negro. Él es un cachorro perdido. Ese cachorro soy yo.

 

 

AMANTES

Se refugiaban en la sombra de la noche, jugando a los amantes. Llegaba el día y pasaban a ser simples desconocidos.

 

ELLA

La luz bañaba sus pechos; su perfume era embriagador; el eco de sus gemidos era su obsesión. Ella era su debilidad, concluyó.

 

SU FINAL

Las campanas tintineaban alegres. Las lágrimas bañaban sonrisas. Él había muerto.

 

LA REALIDAD

Su mundo era aquella guitarra. Mas, su realidad era aquel pico y aquella pala.

 

PROFESIÓN MALDITA

“¿A qué te dedicas?”, le preguntaron. Ella sonrió, tomó su bolso y recordó a sus hijos. Luego, disparó su arma y lloró amargamente la muerte de sus infantes.

 

ENAMORAMIENTO

Mirando aquellas estrellas sufrí un choque emocional. Mis ojos se cegaron y mis oídos sólo escuchaban su silencio. Me había enamorado.

 

POLARIDADES

Rutina en su bolsillo. Nicotina en su cartera. Reloj en su muñeca. Collar en su cuello. Tiempo en sus labios. Cambio en sus suspiros. Personalidades polares unidas por un amor.

 

MUERTE CONTINUA

El cigarrillo se quemaba en su boca, pequeña chimenea. ¿Qué caso tenía convertirse en humo ausente? Él era el reflejo de su cigarrillo, pequeño objeto carcomido con el tiempo.

 

CANIBALISMO

El placer gastronómico era todo un arte. La carne su platillo fuerte. El canibalismo su oficio preferido.

 

PROMESA DE AMOR

−        ¿Bueno?

−        ¿Esto es el amor para ti?

−        …

−        Prometiste amarme para siempre…

−        Hasta la muerte…

−        ¿Por qué moriste tan pronto?

 

LABERINTO

Todo era una pregunta sin respuesta, desde una caricia hasta un beso. Su relación era un laberinto sin salida.

 

EL ESCRITOR

Le apasionaba la escritura. Sus cuentos eran el reflejo constante de la ilusión, lo contrario a su miserable existencia.

 

ASESINATO

Sus manos olían a muerte. Sus ojos veían justicia. Sus pies velaban el camino de la huida.

 

ROMANCE DE DOS

La prosa de su cuerpo cambió al de su unión. Juntos eran una metáfora. Solos eran palabras sin sentido.

 

DESCRIPCIÓN

Ella estaba ahí, tan dulce y sensual. Su mirada quemaba y su sonrisa derretía. Ella era fuego y era carne, era el símbolo de la imaginación.

 

RECUERDOS

Su rostro se plasmaba en su almohada. La almohada era ladrona de su olor. Ahora todo era un contexto de recuerdos.

 

MISTERIO

El frío quemaba su piel, el sol no lograba calentarla. ¿Estaba inerte? Nadie sabe la historia de su vida.

 

OBRA DE ARTE

Pincel sobre su piel. Vino sobre sus llagas. Su cuerpo herido, toda una obra de arte.

 

BREVE HISTORIA

Astros solares que estallaron al encontrarse. Polos opuestos que se unieron al consumarse. Esto era el amor, su historia de amor.

 

HOMICIDIO

Esa mancha de sangre a lo largo de la alfombra guardaba el secreto de varias violaciones. Pero, ante el mundo, ella es la culpable.

 

ESCONDIDAS

La muerte lo visitaba a diario. Él jugaba a las escondidas. Nunca lo encontraron.

 

MUSICALIDAD

Las notas musicales eran el consuelo de su alma. Su alma era la sinfonía de la nostalgia.

 

ECUACIÓN

Ahí estaba una ecuación. El matemático no comprendía del algebra. La vida ya no tenía solución.

 

SOLEDAD

Tenía una pluma en la mano y una cerveza en la otra. ¿Qué escribiría? Su musa se había ido y le dejó una hoja vacía como la soledad de su alma.

 

EL OLVIDO

Una rosa le espinó el corazón, y gota a gota se desangró por cada vez que la nombró. Nunca la olvidó.

 

DECEPCIÓN

“¿Tan malo es pedir ayuda?”, pensaba mientras bebía otra botella de alcohol. Él estaba solo.

 

HUIDA

El camino era tan largo y el tráfico frustrante. Se sentía en una encrucijada, ya no había salida, él la alcanzaría.